lunes, 16 de mayo de 2011

Montaigne sabía que la memoria es el mecanismo por el que se recupera lo leído y que, en la lectura, -antes, durante y tras el proceso-, se va buena parte del ser, acaso su esencia más profunda. En el proceso de la lectura, como recuerda Bayard, va implícito el proceso del olvido: “un irrefrenable movimiento de olvido” y uno tiene que comprender que sentir el estupor inmediato que deja un buen libro convive con el olvido (parcial) del mismo como sístole y diástole de un mismo proceso, como el haz y el envés de un fenómeno.
En cuanto a las lecturas perdidas en la memoria, de las que ni siquiera puede uno decir nada ni aproximarse en nada pasados los años, cabe pensar en que ya no pueden llevar el membrete de lectura, porque la lectura, los libros leídos, son los libros recordados o al menos los libros de los que tenemos el recuerdo de haberlos leído.
Esta consciencia de la pérdida ha jalonado desde el inicio la escritura de este diario, pues soy consciente de las limitaciones de la memoria y de lo lábil del recuerdo. Por todo esto, hoy he escrito en las guardas del libro que terminé de leer ayer: “Olvidar una lectura es olvidarnos a nosotros mismos”.


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Con Paul Valèry creo que la obra literaria esconde siempre una idea que la vertebra y que está presente en cada una de las creaciones de su autor. No estoy hablando del estilo, de los recursos más o menos empleados: hablo del ser.


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Tener a R.G. como compañero es un lujo. Me provoca sueños en el trabajo y además hace posible que, de vez en cuando, me olvide de dónde estoy trabajando. Todo ello a través del fervor y también del furor, pues los ojillos se le entorvan y la mirada se trasluce en gozo cuando me habla de este u otro libro, aunque nunca lo hayamos leído. Hoy, por ejemplo, me hizo soñar que paseaba por un pasillo con un libro de Muñoz Rojas en las manos y que sonreía, a carcajadas, mientras el poeta había perdido sus gafas. Esa estampa es un prodigio entre tanto óxido.