martes, 10 de mayo de 2011

Leo ensimismado las páginas que le dedica George Santayana a Dante en Tres poetas filósofos, Lucrecio, Dante Goethe. Con una incisiva presentación, la prosa de Santayana, -traducida por Ferrater Mora-, va presentando con convicción la lectura que hizo el filósofo de la obra dantesca. Son estas páginas de admiración, pero mesuradas y escritas casi sin ambición literaria. Sano me resulta este ejercicio, escrito con limpieza y sinceridad. Acaso como los deseos expresos de su autor en el anexo que se adjunta en la edición y que reivindican la ociosidad bien entendida, como un instrumento de creación lícito.
Es, precisamente, la ociosidad lo que sustancia a un diario. Porque el diario no repara en el método y en el sistemático cumplimiento de tal o cual consigna. Es anárquico o así debería de ser y desarrollarse, como lo hace lo ocioso, que solo atiende al capricho de un hombre. La diferencia, sin embargo, entre lo meramente banal y pasajero y un diario, por ejemplo, está en las palabras. Por eso, prefiere la mayoría descansar con trabajos manuales, con distracciones que solo conllevan un esfuerzo físico a ser posible. Porque lo físico se recupera y desaparece. No así las palabras que deja uno anotadas, quedan marcadas, incisivas, percucientes. Al tiempo, cuando vuelve uno sobre ellas, a leerlas con detenimiento o desazón, siente que hubo una consciencia que le perteneció aunque solo fuera por escasos minutos, aunque solo fuera resultado de lo inefable. Sin embargo, esas palabras anotadas y que provienen de la ociosidad, quedarán después de nosotros y dirán algo de quiénes fuimos y dejarán establecidas las conductas que insinuábamos y las preferencias y las renuncias, la vida, al fin y al cabo. Es esa la diferencia entre un diario que solo quiere alzarse desde lo ocioso y otro que sabe que lo ocioso es solo una estado del ser. No puede haber concesiones a la palabra, porque no volveremos a restituirla nunca más cuando seamos solo recuerdo entre líneas.


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Las tardes van tomando ese aspecto ofensivo del verano. Luz desesperada sobre los muros. Aire entumecido. Respiración sofocante. Sin embargo, el trigo sigue impenitente con su cuerpo de espiga y sus oros bañados. Qué sereno permanece todas las mañanas cuando lo observo, peregrino, dando cuerpo a la luz. El trigo, el fruto silencioso que aposenta sobre las lomas sus aristas. Allí, a pesar del calor y a pesar de los ojos que lo contemplan, renovará su ser cada primavera y cada vez será nuevo y estará pronunciando los salmos del aire. Únicamente yo seré el que abandone la tierra, únicamente. Y será pronto, antes de que el trigo deje de serlo por siempre en los adverbios.



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Ocurre en pocas ocasiones, pero a veces me quedo sorprendido por el hallazgo de unas palabras que nutren inesperadamente la tarde. Estas líneas que voy a traer al diario las he leído en un libro que se titula la biblioteca de Dios y que he comprado obviamente por el título, pues esa idea borgeana me hizo temblar por unos minutos y me llevó a pensar en un dios que posee una biblioteca. Una biblioteca supone una elección y una clasificación. ¿Cuál sería esas dos pautas para Dios? En este libro, decía, hay un prólogo que ahonda sus referencias a la labor de la filología, tan venida a menos en estos tiempos en que los filólogos se conforman con entrar en algunos rifirrafes de poca enjundia o con quedar como antólogos o protoprosistas.
Ofrece el volumen una definición del italiano Gino Funaioli, escrita en 1950, que acaba de ponerme por escrito justo lo que de ocioso pretendía para esta tarde: “La filología es una disciplina que quiere devolver históricamente la unidad espiritual de un pueblo a través de las manifestaciones de su ser". Para desarrollar esta labor tan compleja, el filólogo se ha despegado tanto del ser y del espíritu y de las manifestaciones, que solo le queda lo que de superficial y epidérmico ofrece la palabra.