domingo, 1 de mayo de 2011

Pienso, -después de leer el prólogo a la Obra poética completa, de A.C.-, en la condición del poeta.

El poeta es un oráculo de su obra. En el primer momento, anda cegado porque la lengua solo se ofrece en su epidermis y son los factores de la sonoridad, el ritmo, la música los que le hace sucumbir a tan potente universo. Reacciona como homo ludens, ante un juego de sinestesias y aliteraciones que lo embriagan. Coloca una palabra aquí, otra allí, sin más intención que la de reordenar la sintaxis de la vida. Está redescubriendo una nueva forma de nombrar que, en definitiva, es el vicio de la creación. Sus miras van tomando lentamente la luz de la realidad a través de las palabras que van surgiendo.

Luego, cuando el poeta confirma su condición, se convierte en un personaje oracular para la misma, pues él decide qué tono, qué sustancia irán hilvanando sus formas. Es el momento más crítico, pues aquí se decide lo que hizo y lo que será ofrecido. En esto, si el autor logra entender el lugar idóneo en que gravite su creación, es en donde la obra perece o se hace viva para siempre.

Para que esta vaya tomando forma, paso a paso, el demiurgo que urde sus perfiles debe proyectar una imagen futura de su obra para que esta nunca acceda y rebaje a lo sucedáneo, por muy atractivas que sean la gloria y la fama. Debe imaginar y desear con suma voluntad dónde anidarán sus versos y qué realidad será levantada y renovada para siempre. Más allá de él mismo, pues él quedará como una anécdota, como una errata en los márgenes.

De este modo, en la obra poética de este autor, puede uno leer poesía sin concesiones desde el primer verso hasta el último. Incluso si acude al índice de primeros versos, podrá componer algo parecido a un centón, ya que la poesía brota sea cualesquiera la combinación.

La poesía de A.C. será viva para siempre, pues ella es lo que es el hombre. En ella el hombre se reconoce en su condición. Esto es ni más ni menos que un ejemplo vivo de poesía y me siento tan atraído por esta propuesta, tan embelesado y pequeño y diminuto ante esta estos versos que comencé a leerlos en voz alta –con la exquisita edición novísima en las manos- por toda la casa, para que la casa, pensaba, fuese adquiriendo la pausa y la necesidad de estas palabras.

Esta poesía está tan alejada de lo que hacen otros, pero al mismo tiempo, tan cerca del hombre, que acaso sea esto mismo el hombre, su sustancia, su esencias, lo más profundo y lo que no todos pueden percibir. Y son esas palabras las que más se aproximan al concierto que sentí ayer en la lectura de estos poemas: la palabra atravesaba mi condición y me la ofrecía acrisolada.