sábado, 30 de abril de 2011

Abre uno este cuaderno la mayoría de las veces sin brújula ni astrolabio. Es un sucederse. Un continuo reverdecimiento que florea a pesar de sus renuncias. En un diario, como hago ahora, puede uno pronunciarse sin más miramientos que los que correspondan a su estado de ánimo o que ocurran en unas circunstancias muy exactas. El peligro de establecerse en unas coordenadas reconocibles consiste en perder universalidad, cosa que sacude la literatura del momento, demasiado preocupada en sí misma y en sus cortas propuestas.

Hay que escribir como del alma. Hay que reconocerse en los márgenes de las anotaciones y para ello, para que eso sea una presencia figurada, el escritor debe hacerse invisible en su escritura. Una fantasmagoría, holograma o dicción de lo ausente.

Debería uno sentarse en el centro del bosque a respirar. A penetrarse en sí mismo para recoger en sus pulmones la respiración del mundo, la lenta y evanescente invasión del aire. Debería uno sentarse sin apoyar nada, sin dejarse caer sobre la tierra. Respirar, arrojar luz, fundirse en los vastos jardines de la aurora.

En Fiésole, con un sol iracundo y vengativo, rodeado de pinos y eucaliptos, de bambúes que soñaban con sus troncos erectos la llegada de la luz, paseamos lúcidos nuestras respiraciones. El único habitante era el silencio. Las ramas bailaban al son del viento serrano. Se movían las ramas y las hojas de las parras que asomaban sus rostros en los caminos. Las iglesias cerradas, las casas cerradas, los campos enclaustrados por el sopor del Ferragosto. Y únicamente nuestros pasos, nuestros pasos de madrugada y tanteo, de auxilio frente al Arno decrépito.

Como el Tao, lo miras y no lo puedes ver, lo escuchas y no lo puedes oír, pero, sobre todo, lo usas y no lo puedes agotar. Ahí reside la virtud de la literatura, el estado al que aspira el escritor: encontrar la franja creativa que nunca se agota a pesar de uno mismo.

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A veces, me conformo con anotar en el cuaderno unas palabras: grisura, poesía, viaje, estado, belleza, por ejemplo. Con tan solo pensarlas es suficiente, como lo es su anotación para que el alma comience a vencernos.

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Sé que estas no serán las únicas letras del día. Es costumbre que, cuanto más agitado y más ansias me mueven, antes dejo de escribir.