martes, 26 de abril de 2011

Esta mañana, en Itálica. Cipreses, calzadas, tierra de antigua humedad y un vergel desde lontananza. A todo ello, se sumaban los versos de Rodrigo Caro allegados a la memoria para socorrer el bullicio que nos rodeaba. En el aire, serenos funerales por lo que fue prodigio. Es una fábula del tiempo que desafía la memoria.

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Hacía tiempo que no leía un ensayo tan enjundioso y certero como el de Paul Preston, El holocausto español. Hasta el momento, sus juicios son mesurados y están bien contrastados. Incluso en las páginas que dedica al PCE y a la Junta de defensa de Madrid, en que Carrillo tuvo tanta importancia, sale con una elegancia encomiable. No me extraña que Carrillo esté a la que salte, ya que estas páginas sobre Paracuellos y otras tantas tiranías de todo pelaje político quedan, por fin, bien trenzadas en gran medida.

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Mientras tanto, en el texto de la obra de Séneca, Hércules furens, el protagonista dice lo siguiente (así lo anoto en mi moleskine entre el gentío): he derribado la oscuridad de la noche y he visto lo que el sol nunca llegó a vislumbrar. El segundo tranco de la cita no puedo asegurar que lo haya escuchado en boca del actor, ya que pienso que lo escribí embriagado por las palabras preliminares. Ni siquiera he podido rescatarlo del texto original, probablemente pertenezcan a la invención. En estos pasajes, rememoraba el corifeo las hazañas de Orfeo en el reino de Plutón. En ese instante, Hércules, movido por la filosofía que el autor de la obra, Séneca, introduce, llega a afirmar, como si fuera un actor de Blade Runner, que ha estado en lugares que la luz no conoce, que la imaginación no ensueña. Junto a sus palabras -que edifican un mundo pasado-, Teseo asiente y atestigua, como Sancho al final de los días de su amo. Teseo como la estela del recuerdo, el vaso en que se vierten todas las melancolías del héroe.

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Hay una brasa tierna en estas tardes. El oro de la luz, el verde sacrílego de las lomas. Una brasa que rescolda la vida, la anestesiada vida con que el hombre quiere pasar su sombra. Hoy he derribado la oscuridad de la noche, he derribado la ausencia de nostalgia. Prefiero no pronunciarme cuando la realidad queda intacta por sí misma, cuando lo percibido, como en los sueños, no necesitan de balanceo verbal.