lunes, 25 de abril de 2011

El ojo que sueña no ve. El ojo que suena conoce y accede a una percepción de grandeza. Desde su prisma, el hombre se ensancha y disgrega hasta donde nunca antes había tenido conciencia. En el sueño no hay fragmentación de la realidad, hay totalidad. La pintura de Turner es de ensoñación. La poesía de Rilke es de ensoñación. Lo que se percibe es una totalidad cercana, de la que creemos formar parte con unos límites difusos y lábiles. Y no debe caer el poeta en antropomorfizar el cosmos, la armonía. Debe dejarla brotar suavemente, hasta adentrarse en sus mecanismos. En ese engranaje, deberá hacerse de su propio material ilusorio. Comprenderá, cuando la noche y el aire lo hayan inundado todo, cuando el aire haya dicho sus cadencias en la respiración que nos vincula con el mundo, qué es lo que sostiene su fidelidad al silencio.