jueves, 21 de abril de 2011

A veces me irrita que el advenedizo o el ocurrente o el metido a escritor y a esto de la literatura declaré sin más que tal o cual autor –sobre todo de renombre, por ejemplo Baudelaire-, no es lo que siempre se ha dicho, porque a él, el nuevo adalid de la literatura y el que ha remozado la forma de escribir y de leer, le viene en gana decir esa boutade. Piensa que su criterio se alzará más catedralicio en tanto que más famoso sea el escritor de marras. Sin embargo, la literatura siempre tiene guardado el destino de cada cual, porque ella es meramente transparente y las palabras de estos eminentes escritores quedan como un adefesio, sobre todo por los argumentos que sustentan sus marros.

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Después de leerlas, quiero decir, las líneas antecedentes, me entran ganas de borrarlas y de lanzarlas al olvido, pero será que después de terminar Apenas sensitivo, de Trapiello, entra uno en la espiral de la sinceridad a pesar de que esta pueda ser ofensiva en algún caso. Lo cierto es que la tontuna en la que estamos en estos tiempos, en que cualquiera viene sin permiso y se decide, dada su ignorancia, a decir que este poeta no significa nada o que este autor es magistral, es más común de lo habitual. Sólo eso, la envoltura de lo que se cree literario.

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Todavía en Málaga, con el cielo agrisado y con la montaña por fin a la vista, ya que la niebla ha decidido abandonar el paisaje para adentrarse hasta el mediterráneo. Estamos aquí cumpliendo lo que nos prometimos: descanso y lectura. Desde luego, las lecturas que iban en la bolsa de tela se están realizando y eso es una satisfacción que hacía mucho tiempo que no conseguía con esta plenitud. Después de terminar Apenas sensitivo y de leer y anotar varios libros de poemas, observo a M. atenta a la lengua italiana, pero sosegada y con un templanza que, para ella, era un bien necesario.

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El oficio de escribir es la de Lázaro de Tormes, estar pendiente de las vidas ajenas, pero siempre teniendo en cuenta que la propia vida, la que se disuelve en la conciencia, no nos pertenece. Como el libro de Lázaro, que no es ni diario ni novela ni vida ni adversidad, pero que podría ser todo ello al mismo tiempo. O la propia de Don Quijote, que parece más bien el simbólico ejercicio de un espíritu aventajado, el de Cervantes.

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Todo lo que uno va anotando por este trópico, en que se funden la vida y la literatura, es acaso una respuesta a las preguntas que a diario frecuento. En los poemas de Emily Dickinson puede encontrar el lector la fuerza en la miniatura, pero sobre todo una vida detrás de esas palabras que las realzan y elevan a un tono superior. Así ocurre con Rilke o con Tolstoi, son sus vidas las de sus libros o sus libros son las experiencias escritas que, como ellas, pertenecen a todos los géneros y a todas las estructuras. Quiero decir que, si este trópico persiste no es por la vida propia, más bien por la del resto que sustraigo y usurpo.