viernes, 22 de abril de 2011

Tan vertical, tan dadivosa esta tarde. Me ha recordado a la mañana que en Perugia tuvimos que resguardarnos de la lluvia repentina. Estaba el cielo igual que ahora, pero había en el horizonte una reunión de pueblos pequeños, desperdigados por la Umbria que delataban la voluntad de la tierra. Al fondo, colocado fuera de la perspectiva, se encontraba Arezzo. Sola y reclinada. Mostrando sus perfiles entre las arboledas que parecían defenderla del tiempo. Se diría que es una reserva y además un bastión inexpugnable, pues allí nació Petrarca y allí comprobamos que el deseo es una vasta aurora que se anuncia en el silencio.

Será que el asma vuelve con sus requerimientos, con esta bronca tos y con este desangelado cuerpo, y que la fiebre lo lleva a uno a fragmentar la memoria hasta derivarla por donde nunca antes había operado. La respiración y la literatura. Es ese un binomio que los escritores siempre han tenido presente, sobre todo los escritores que consideran que hay algo mineral, trascendente, en sus palabras, como Rilke, como Baudelaire o J.R.J. Porque las palabras pertenecen al aire cuando son pronunciadas, pero también al aire y al viento y a la armonía cuando son leídas. Al suspiro y al spleen internos, a los filamentos que denuncian intangibles qué hermosas páginas o qué hermosa caída esta de la luz hacia dentro.

La respiración y las estatuas, por ejemplo, o el aire que se mueve en el oleaje que presencio desde este balcón. Un oleaje matutino, con demasiados bríos y con una música profunda, traída desde el fondo de un desconocido pentagrama.

Primero estar suspenso que caído. Qué ansia de repetirse en esto que está siendo. Qué hambre de espacio y sed de cielo, de levemente estarse sin decirse, sin pertenecer a nada, porque quien a nada pertenece a nada debe reverencia; sin estarse en nada, solo en la verticalidad, en la respiración que nos aúna con lo externo y nos devuelve a nosotros mismos, límpidos, renovados, perviviendo en el círculo que nos traza. En el trazo de este círculo especular de brisa y trino, de esperanzas fingidas en la noche del cuerpo.