miércoles, 27 de abril de 2011

Es indudable el hecho de que no existimos más que en nuestras invenciones. La memoria, el recuerdo, la subjuntiva perspectiva que acechamos. Todas las palabras son inexistentes en nosotros mismos: no viven ni en la memoria ni en el habla. En ambos paradigmas son fugitivas, acaso perceptibles. Por eso, el estado natural, lo que puede explicar esas ansias irrefrenables de volvernos ser consiste en evidenciar que no existimos, que solo mantenemos en pie el discurso sonámbulo de una sombra, de un binomio especular.

En este diario debería haber de todo, desde las más fieles manías hasta los datos más nimios. Debería uno escribir a rienda suelta, sin dejarse ofuscar sobremanera por el estilo, la adjetivación o cualesquiera de los mecanismos del lenguaje literario. Como lo hace el mar, abierto a la intemperie. Es difícil captar las frescura de ese estampa en que alguien escribe en soledad, únicamente queriendo transmitir esbozos, sensaciones, apuntes al natural de lo que aconteció en una jornada. Decía que, en ocasiones, tendría uno que soltar la mano y dejarse llevar por un arrebato repentino o un estupor momentáneo y abandonar, por ejemplo, la puntuación y las convenciones ortográficas, sobre todo para hacer del discurso un objeto singular, sin oráculos, meramente recreativo. Habría que hacerlo, porque la vida es así, imprevista, jamás reconocible pero sí dispersa, a pesar de que el escritor trate de mantenerse iracundo en un yo que hilvane sus experiencias.

Sin embargo, es la escritura la que pone en concierto esa dispersión y esa debilidad de la coherencia vital. Es ella la que reconcilia lo que formó parte de otros arenales. Es la escritura la sintaxis de lo que hace vibrar la existencia.

En ocasiones, no se atreve uno a arremeter contra lo que es costumbre y escribe párrafos por separado, aisladamente, como un archipiélago nocturno. Eso es el diario, un archipiélago que busca la unidad desconocida, una reunión de motivos que se tañen a diario para detectar las presencias ajenas.

La poesía es el género de lo cristalino.

Así, por tanto, sin atender en demasía a lo establecido por uno, a veces, revoluciona las líneas con amagos y conatos de rebeldía. Lo hace el escritor de marras para sentirse, por momentos, dueño de un microcosmos en que gravita sin consciencia.

Son los cuartetos de Beethoven los que armonizan la tarde. Qué prodigio en la composición y qué profundidad y misterio. Esta obra cumple con lo que JRJ pretendía para la poesía: intensidad, encanto y misterio.