sábado, 23 de abril de 2011

Ni la memoria es el baluarte de lo vivido ni el recuerdo. Permanezco en el centro de mí mismo, en el centro perpetuo de mí mismo, en el centro del centro de mí mismo, donde nunca antes vislumbré nada. Es la poesía la que ha declinado esta luz y su trayectoria.

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Los griegos conquistaron por entero la permanencia del ser en las palabras. Allí anidan desde entonces y es, desde ese punto, cuando el ser supo estarse en la mansedumbre.

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La cantata 140, de Bach, y la tumba negra toda la tarde; Lully, Vivaldi y Orfeo transitados. No más allá de uno mismo se encuentra el prodigio del mundo; está dentro y aúna los contrarios; lento respira el mundo en mi respiración; en el hombre nace y resuena la armonía percibida, la que anula y edifica, la que prodiga y cercena los sentidos. No hay sintaxis en su decir. Aglomeración concebida. Luz, huella, merodeo, llama de amor viva que fecunda la muerte.

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El deseante espacio que nos ambiciona surge de nosotros mismos.

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El mundo desencuaderna el principio que lo sostiene. El poeta aspira a vincularse a la luz que ciega si uno se aparta de ella, la que Dante dejó insinuada en su Paraíso, cuando ya las palabras eran falibles posiciones del espíritu.