domingo, 17 de abril de 2011

Cuando alguien intenta arrimarse a la gracia sin tenerla, cuando pretende impregnar sus líneas de frescura y espontaneidad, son marros sus páginas. Cada vez creo más en el talento natural y, por ende, en el reconocimiento de su falta. Es decir, debe uno caer en la cuenta cuanto antes de que no posee esta o aquella cualidad. Forzar lo que uno no posee, en esto de las letras, es demasiado descarado, ya que la literatura otorga, pero también humilla. Solo hay que leer algún poeta que pretende convertirse en poeta o las primeras páginas de una novela que ya es mediocre de antemano. Ocurre lo contrario en los primeros empujes de una obra lograda, como en una música armónica, los primeros compases abren el alma a una cascada de emociones y de codificaciones de la belleza que nos dejan perplejos, estupefactos. O una pintura que envuelve y desconcierta, es desde la primera mirada una figuración bella del mundo.

Cuando uno lo hace ajustándose a sus virtudes es cuando se produce una aproximación a la armonía. Ese levantamiento misterioso que reúne y reconcilia lo que nunca intuimos y lo que nunca antes había pervivido ni siquiera en los sueños, en la muerte, en la vida, acaso.

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El otro día, mientras paseaba por la orilla y el río terminaba su discurso entregándose al océano, comprendí por qué lo trágico supera a lo humorístico o lo irónico. El hombre es ruego constante entrecruzado de aspiraciones infinitas, pero con material finito. Lo cómico y lo humorístico es precisamente la condición de lo efímero, porque una broma o una escena humorística o irónica se pierde en cuanto se dice, pero lo trágico, ay, lo trágico, es la sustancia que no recorre y percute de continuo. Así lo vieron los griegos, que lo descubrieron todo.

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Puede decirse que Trapiello se expande demasiado en sus escenas en Las Viñas o que sus páginas a veces parecen cansinas repeticiones de lo misma fórmula o cualquier otro argumento para renegar de la lectura de sus páginas. Sin embargo, hay una cuestión innegable. Sucede que su prosa es tan potente y abigarrada que, como con los directores de cine que son prodigiosos, uno no se cansa de ver las escenas, de contemplarlas y releerlas, porque son tan justas verbalmente, que solo cabe el regocijo.

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Con Paul Valèry me ocurrió lo que con Bach o con Rilke. Ellos, y otros tantos, abrieron tal abismo en mi vida después de la experiencia de su obra, que todavía hoy los asumo como nonatos en la experiencia. Quiero decir que la música de Bach cumple la virtud de lo divino, se renueva a cada momento. Y con Rilke, por ejemplo, no puede el hombre que lea su poesía seguir viviendo sin más después de ese trance.

Recuerda Sergio Pitol en El arte de la fuga que Thomas Mann, mi admirado Mann, esbozó una novela cuando tenía vente años, una obra que no terminó hasta cincuenta años más tarde. Claro, Doktor Faustus es una obra que otorga la inmortalidad a cualquier escritor y, por eso, la demora, los repliegues, las ausencias, las elipsis en la creación hay que tomarlas como parte intrínseca de la fertilidad. Es por ello por lo que adoro a Valèry, porque siempre tuvo presente que la prolífica obra de un autor no debe dejar de mantenerse viva, especulativa y errante. Como él dejó en sus cahiers: “Un buen poema es silencioso", y yo creo que la creación más solemne es la que deviene de la ausencia y el retiro para edificar lo que de tráfico y humano soportamos.