lunes, 18 de abril de 2011

Algunos me reprochan el tono de estas páginas e incluso la grafomanía que me incita a escribir a diario. No escribas tanto, no se sabes qué escribes, para cuándo la novela, deberías dejar eso del blog y dedicarte a algo más serio, no gastes las energías en esas menudencias, son algunas de las afirmaciones que algunos allegados se atreven a mencionar sin cuestionar sus repercusiones y su trascendencia en mi persona. Ya Javier Marías escribió toda una novela para hablar del caso, de esa percuciente presencia semántica de las palabras que las personas importantes pronuncian acerca de uno sin tener el más mínimo recato y sin conocer el alcance de las mismas. No sucede otra cosa ante estas circunstancias que me reafirmo y que cuando comienzo a escribir en este trópico, de cieno cervantino y luz juanramoniana, me siento pleno, satisfecho y capaz de pronunciar las sílabas que pertenecen al silencio aunque solo sea en soledad…porque la escritura pura, la que dice lo oculto y tantea el abismo, es la soledad del caminante.

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Hoy, por ejemplo, he querido retener el primer empuje y las incipientes ganas de escribir para comprobar hasta cuándo puedo existir sin ello. En estos casos, utilizar un adverbio, ya sea de tiempo o de lugar, no es lo que se ajusta más a la esencia de la escritura, pues todo esto no es más que trabajo en acción, presente sucesivo. Quizás es esa la fascinación por escribir, la de la espontaneidad y el riesgo. El ejercicio de escribir la lectura me es primordial para unir una cosa a la otra, para que lo leído encuentre asidero en lo escrito y para que lo escrito sea sustancia recreada de lo leído, para ir configurando el haz y el envés de los días.

Llevo toda la jornada leyendo distintos volúmenes. Esta mañana terminé de leer un libro de poemas en el que voy anotando las impresiones, los desajustes, lo que cambiaría si fuese mío. Lo hago con cariño, movido por la prudencia, pero ha sido emocionante entrar en la catarsis, -como un violín mojado-, y hacerse poeta en otro.

Después de eso, Trapiello, Marías, Tolstoi, Rilke, Pessoa y Virgilio. Por último, agarré el volumen de Dante y comprobé que la maravilla se mantiene intacta. En ese trasiego de lecturas, no pocas veces me vi citado por la anotación y, para ello, utilicé el cuaderno que me acompaña. Tomé notas, copié líneas, incluso comenzó a brotar los primeros indicios de un poema. Todo se anuló con los primeros aullidos de la luz penetrando por la grisura del cielo.

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Después de todo, sigo pensando que Parménides era un poeta que intentaba definir la poesía.

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En este conato de cesantía de la escritura que he perpetrado hoy, no he querido decírselo a M. Ella está aprovechando estos días de descanso para leer algunos libros en italiano. Cuando la observo reclinada en sofá, tan ensimismada, deseo que sus pupilas se claven en mí como lo hacen en las páginas y que su quietud me pertenezca a mí como le pertenece a la ficción que la sostiene. No he querido decirle que iba a renunciar a escribir el diario hasta que no lo consiguiese, pues estas horas de escritura forman parte ya de la rutina de la casa y ella, mejor que nadie, sabe que cuando comienzo a escribir no puedo hacer nada más. De esta forma, como ella es la que guarda el tiempo para que estas letras vayan fraguándose, la que otorga, no podía comunicarle la intentona que ya sabía fallida de antemano. Ahora, que está a mi lado, voy narrándole, paralelamente, qué estoy escribiendo en el momento y ella no deja de reírse de estas aleladas anotaciones de amenazas juveniles. Así, con las risas y las amenazas no cumplidas, el gris y áspero mundo, tan violento y desatinado, va encauzándose así, sin vaticinios, sin prefijos, tal y como deberíamos entendernos a nosotros mismos.