viernes, 29 de abril de 2011

La humildad se ha ido diluyendo en el avance de las sociedades y en el devenir del hombre.Es claramente, una virtud, digo, la humildad verdadera, la que fue aspiración de las grandes mentes y los poetas universales.
Sucede que, cuando mantengo una conversación o un diálogo con alguien, cuando este llega a su término, me encuentro con un vacío y una reflexión de tara mental. Me siento tan Kafka, tan Bernhard en los diálogos y siento tanta torpeza en mis palabras.
Quisiera, algún día, sacar las entrañas y dejarlas encima de la mesa, como el samurái que arroja sus más profundas y humanas propiedades a lo público. O dejar únicamente un verso, una refulgente verso armonioso que lo insinuara todo apuntando a la nada.

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Hay palabras que, para que aparezcan en un poema, deben estar muy bien fijadas por el poeta. Quiero decir, que el poeta hubo de haber trabajado la semántica de su poesía con un tino sobresaliente. Palabras como ardor, por ejemplo, o abigarrado. En este sentido, el trabajo del novelista es bien distinto, porque su discurso abarca una macroestructura en la que al fin, el discurso son las doscientas o trescientas páginas. Por lo que esos desajustes son meras incidencias en todo el andamiaje.
No es ese el problema de la poesía. Es de otro tenor. La poesía es la selección para el rescate de la palabra entre tanta estructura asalvajada e inane.

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Lo dije un día, -entre otras tantas menudencias-, en la barra de un bar acompañado de dos personas a las que admiro en demasía. Un verso de A.C. vale por toda la obra de L.G.M. del que solo se recordará que se equivocó de género literario en su creación y de mezclar las ideas pseudopolítcas con la literatura. Es, algo insólito, un poeta del pasado que, en lugar de ofrecer nuevos bríos, lo que ha hecho es marchitarlo todo. Lo suyo era el panfleto y el mercadeo, podrá decirse, cuando deje de ocupar su puesto de vate moderno según los medios de comunicación y editoriales. Así que escribo como de una antigualla y por eso le mantengo el respeto, no debe anudarse lo que no posee sustancia.

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