miércoles, 6 de abril de 2011

Esta semana ha sido como un pasaje de novela folletinesca, cuando prefiero que las paginas de esta vida tengan el reposo de un libro de ensayos o de aforismos, es decir, que lo que suceda lo haga con mesura y haya que degustarlo detenidamente, una vez y otra, hasta que nos demos cuenta de que no somos capaces de pertenecer a su esencia.

Dentro de esa vertiginosa sucesión de acontecimientos, algunos han sido maravillosos, de los que jalonan una vida a golpes de entusiasmo y lucidez, pero entre tanta zarza, entre tanta mezquindad, estoy resguardándome. Son días de desconcierto y desarmonía. Porque la armonía es la pronunciación de la luz que nos invade y penetra hacia los días.

Ha llegado un texto que para mí supone una esperanza. Como si fuera un papel pautado en que hubieran escrito las notas de la partitura que debo hacer sonar en la vida. Al leerlas, fue como esa respiración que nunca cumplió su ciclo, que nunca terminó de abandonarme. Respiración mineral, renovadora a la que debo estar agradecido siempre.

Quizás Bécquer, poeta mal leído y reinventado, tuviera razón. Debe uno escribir en el sosiego, después de la eclosión, cuando el ser vuelve a su raíz primera. Es por eso por lo llego al diario comedido, con demasiadas reticencias para expresarme por libre, sin remiendos y por lo que estoy pensado en dejar de escribir ahora mismo. Agur.