sábado, 14 de mayo de 2011

Todo el día mortal, pero trayendo a la memoria la vida de Montaigne.

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Es costumbre entre literatos contemporáneos arrojarse diatribas y acusaciones personales incluso en obras literarias o que aspiran a ser literarias, sin tener en cuenta que eso, ese ejercicio prescindible, es mejor en un café o en un parque. Así, no me explico cómo un crítico literario, apenas escritor de oficio, puede decir de vez en cuando algunas sentencias que, cuando menos, son muy discutibles. X es el mejor escritor de todas las generaciones o al menos de la suya; o, también, este X es el absoluto dueño del género, pues como él no hay nadie, aunque todos sean superiores. Estas contradicciones de palabra se leen como sospechosos remiendos de no se sabe qué intríngulis. Tendría que escribir alguien un libro sobre falsarios contemporáneos o sobre las miserias y migajas que la historia de la literatura ha ido soltando quizás como lastre o quizás como índice del nivel de literatura. Es decir, sobre aquellos que se dedican a elogiar a unos pocos y a calumniar a otros tantos con asuntos aledaños a lo literario. No me agradan esos ejercicios de enjuiciamiento que no aportan nada y que sí rebajan la figura del escritor.

Incluso para lanzar alguna crítica personal hay que tener inteligencia y elegancia, y ahí quedan las páginas de J.R.J, por ejemplo, o de Quevedo y otros maestros de la injuria. No está al alcance de cualquiera esta manera de escribir. Se lee y se escribe sobre lo que se lee; las envidias y recelos, las trifulcas personales, no valen más unas que otras, por eso es mejor dejarlas apartadas de lo importante si no se tiene conciencia de su limpieza verbal.

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A pesar de que todavía no he terminado de leer Cómo hablar de los libros que se no se han leído, quiero llevar a la práctica uno de los modos de no haber leído un libro: la lectura parcial. La lectura parcial es práctica habitual entre quienes, en momentos de apuros, lo único que hacen es hojear el libro y confirmar o desestimar la idea preconcebida. Este libro de Pierre Bayard ha sido y está siendo una golosina en medio de tanta miseria última en los libros que leo. Su frescura y su novedad han levantado no pocas reflexiones por mi parte. A todo esto se añade que las continuas referencias literarias se realizan sobre obras que son de mi gusto, ya sea estas de Musil o de Shakespeare o de Balzac. Así que, dejaré ahora mismo de escribir sobre un libro que todavía no he leído, para terminar de leerlo. La duda que me asalta es que si cuando termine de leerlo mi opinión se mantendrá tal cual o si habrá alguna modificación. Eso mismo es lo que se extiende en algunas páginas, la capacidad que ha tenido la historia de la lectura de algunos libros de hacer inamovibles su recepción, aun cuando su lectura no fue como se esperaba. Hay libros sobre los que no se puede decir nada negativo, pues arrastran un armazón crítico y de lectores tan afín y tan común que, si uno escribe al contrario, no puede más que aceptar su falta. De los lugares comunes de la literatura.

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Mientras tanto, Montaigne. Mientras tanto, un día mortal. El placer de la búsqueda y no del hallazgo, el deleite de perder la memoria para tener que escribirlo todo. Y el de la glosa y las paráfrasis. Sócrates no dejó nada, ni dogma ni doctrina, solo una búsqueda. Nada está acabado, ni siquiera la lectura de un libro cuando se cierra. Cuánta vanidad en el lector que se piensa poseedor de una sentencia sobre una obra. La aspiración máxima no escribir acciones o pensamientos, sino escribir mi yo, mi esencia, mon essence. Conviértase uno mismo en su metafísica y en su física, en su uno y su universo, en su calma y su movimiento, en su concierto y desconcierto, en su vida y su muerte, en lo individual y lo humano al mismo tiempo.