martes, 7 de agosto de 2007

ALGA Y PIEDRA EN ITALIA (II)


Así rememora uno Venecia, con la paciencia contenida en un solo dedo. Y sale desvaído, trastocado por la incógnita de una vuelta al azar que se me antoja goloso de sinrazones. Venecia tampoco se acaba nunca, como nunca se acaba la mar para los hombres: “en sueños, la marejada/ me tira del corazón/ se lo quisiera llevar…”. Los versos de Alberti se hacen presentes para los que no han mantenido esa lucha diaria con la fuerza uterina del mar y se ven cortejados por la profundidad y el movimiento marítimos. Porque la mar es movimiento al igual que la vida, ida y venida, fondo desconocido. El mismo J. R. Jiménez lo dijo bien: “Parece mar que luchas/- ¡oh, desorden sin fin, hierro incesante!-/ por encontrarte o porque yo te encuentre […] La tierra lleva por la tierra; / mas, tú, mar,/ llevas por el cielo”. Recuerdo con agudeza haber recitado el poema completo de Alberti frente a las aguas del Guadalquivir aún cuando mi conciencia estaba hipnotizada por la infancia; a pesar de ello, recuperé al viento esos versos cristalinos como si fueran un rosario, cuando volvíamos de Burano y nuestro vaporetto se acercaba al norte de Venecia.
Evidentemente, en los viajes está luego – o quizás primero y yo nunca lo supe- los trajines propios de la comida, del compañero, la sed, el sueño, la transparencia de la debilidad de los cuerpos. Sin embargo, nada más grato que la presencia de los expedicionarios acompañantes, ellos han formado igualmente esa imagen que de Italia poseo hasta el momento. Como en todo movimiento tribal, las conversaciones que alentaron los encuentros fueron de lo más gratificantes. En ocasiones, apoteósicas. Se me viene a la cabeza la tarde en que estuvimos arreglando la política local mientras mojábamos los pies sigilosamente en las aguas del gran canal. Las heridas supuraban con las propiedades del agua tanto como nosotros arreglábamos el espíritu bajo el hechizo balsámico de San Marco enfrente y la fuerza telúrica de la noche abrigándonos casi.
La música, ese orden etéreo imposible para el hombre, amenizó gran parte de las rutas que trazamos al hilo de la espontaneidad. Al igual que la cita nocturna entre amigos, emboscados en el limoncelo; la escusa era la idónea para azuzar los ánimos moribundos por el cansancio. El rincón que nos encontró (porque nadie avisó de ello, ni lo buscó con premeditación a lo sumo) ofreció la coyuntura más adecuada para que se desplegaran el humor, las risas y los recuerdos de otro tiempo y otro espacio esparcidos ahora, allí, por los contornos acuáticos de la amistad. Allá orillamos con los pies al aire y el espíritu subido hacia no sabemos dónde.
Tiene el mar ofrendas de otro tiempo, de una sustancia desconocida para el hombre pero endiabladamente ceremoniosa. Tiene la vida sus resquicios y sus fondos y sus negruras a pesar de sabernos finitos; así rememora uno Venecia, con la paciencia contenida en un solo dedo, con el abismo insoslayable de volver algún día.