lunes, 20 de agosto de 2007

TODO ESTÁ EN TODAS LAS COSAS

Tras culminar El arte de la fuga de Sergio Pitol comienza uno a posicionarse de forma distinta en la vida. No es la primera vez que un libro detona en mis entendederas esta vibración extraña y de desasosiego; quizás me esté refiriendo concretamente a la forma en la que está escrito el libro, a las palabras elegidas, los giros seleccionados, la organización de los elementos. Un escritor debe someterse a la fuerza centrífuga de la lengua, pero desde la órbita selectiva de su intuición. De esta forma, al libro de Pitol le dieron un premio internacional en Méjico por el mejor libro de no ficción en el año de 1996, cosa con la que estoy en desacuerdo porque la propuesta del libro es, precisamente, desmontar los géneros, mezclarlos, hacinarlos hasta convertirlos en otro que debe ser, igualmente, sometido a la percuciente ansiedad de originalidad en la tradición.
De entre sus páginas extraigo cualesquiera de las docenas de subrayados y comentarios que he desperdigado por sus páginas. Huelga decir que su lectura es ,cuando menos, exultante.
“Uno, me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno está conformado por tiempos, aficiones y credos diferentes. Uno es una suma mermada por infinitas restas”.
Una de las secuencias -capítulo, parte, área, distrito, ¡qué belleza!- de más calado en la obra es la que se dedica a la lectura de Thomas Mann. El narrador se presenta como un poseso de la literatura del hombre de la montaña, como me gusta citarlo, y un devocionario de elementos narrativos que ha aprendido en las aguas de su lectura. Ciertamente, en las líneas de emboscada narrativa (ya no sé como nominar las partes del libro) encontramos lo siguiente, una apología de la narración para escaladores de literatura:
"El narrador que por lo regular aparece en mis novelas ensaya varios puntos de partida en la persecución de una verdad, de una revelación, y en ese empeño perderá mil veces el camino, tropezará a cada instante, mantendrá el paso a duras penas entre alucinado y sonámbulo, para al final declararse derrotado. Llegará a saber que no existe absolutos, que no hay verdad que no sea conjetural, relativa y, en ello, vulnerable. Pero buscarla, por efímera, parcial e inconstante que sea, será siempre su objetivo. El narrador será Sísifo y será Ícaro a un tiempo. Su única certeza es que en la ruta habrá tocado unos cuantos jirones de un tejido maravilloso y deplorable, oscurecido a veces por manchas ominosas o por repentinas e instantáneas iridiscencias cuya contemplación le da sentido a sus esfuerzos".