
De entre sus páginas extraigo cualesquiera de las docenas de subrayados y comentarios que he desperdigado por sus páginas. Huelga decir que su lectura es ,cuando menos, exulta

“Uno, me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno está conformado por tiempos, aficiones y credos diferentes. Uno es una suma mermada por infinitas restas”.
Una de las secuencias -capítulo, parte, área, distrito, ¡qué belleza!- de más calado en la obra es la que se dedica a la lectura de Thomas Mann. El narrador se presenta como un poseso de la literatura del hombre de la montaña, como me gusta citarlo, y un devocionario de elementos narrativos que ha aprendido en las aguas de su lectura. Ciertamente, en las líneas de emboscada narrativa (ya no sé como nominar las partes del libro) encontramos lo siguiente, una apología de la narración para escaladores de literatura:
"El narrador que por lo regular aparece en mis novelas ensaya varios puntos de partida en la persecución de una verdad, de una revelación, y en ese empeño perderá mil veces el camino, tropezará a cada instante, mantendrá el paso a duras penas entre alucinado y sonámbulo, para al final declararse derrotado. Llegará a saber que no existe absolutos, que no hay verdad que no sea conjetural, relativa y, en ello, vulnerable. Pero buscarla, por efímera, parcial e inconstante que sea, será siempre su objetivo. El narrador será Sísifo y será Ícaro a un tiempo. Su única certeza es que en la ruta habrá tocado unos cuantos jirones de un tejido maravilloso y deplorable, oscurecido a veces por manchas ominosas o por repentinas e instantáneas iridiscencias cuya contemplación le da sentido a sus esfuerzos".
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