domingo, 19 de agosto de 2007

EL HOMBRE SIN ATRIBUTOS

No en pocas ocasiones el inicio de una novela, un cuento o un artilugio lingüístico nos ha dejado perplejos. Los casos son innumerables y haciendo uso de la memoria se me ocurren rápidamente los siguientes títulos: el Quijote, El señor Presidente de Miguel Ángel Asturias, La metamorfosis de Kafka, La educación sentimenal de Flaubert, La Tempestad de Juan Manuel de Prada, el Lazarillo de Tormes, La Biblia, Crónica de una muerte anunciada, Cien años de soledad del Gabo, etcétera. A esta lista abocetada de grandes inicios de novelas sumo a continuación el siguiente ya que no ha dejado de ensimismarme desde que lo leí:
"Sobre el atlántico avanzaba un mínimo barométrico en dirección este, frente a un máximo estacionado sobre Rusia; de momento no mostraba tendencia a equivarlo desplazándose hacia el norte. Las isotermas y las isóteras cumplían su deber. La temperatura del aire estaba en relación con la temperatura media anual, tanto con la del mes más caluroso como con la del mes más frío y con la oscilación mensual aperiódica. La salida y puesta del sol y la luna, las fases de la luna, de Venus, del anillo de Saturno y muchos otros fenómenos importantes se sucedían conforme a los pronósticos de los anuarios astronómicos. El vapor de agua alcanzaba su mayor tensión y la humedad atmosférica era escasa. En pocas palabras, que describen fielmente la realidad, aunque estén algo pasadas de moda: era un hermoso día de agosto de 1913".
ROBERT MUSIL, EL HOMBRE SIN ATRIBUTOS, Seix-Barral