miércoles, 15 de agosto de 2007

BOVE Y SUS AMIGOS

El caso de este escritor, Emmanuel Bove, se puede sumar a la estirpe de autores desconocidos y desvalorados en vida, pero reconsiderados con el paso del tiempo. Orillé a sus páginas tras la lectura de Vila-Matas; no en vano, la portada de El Doctor Pasavento es la foto que ahora extrapolo para que mis visitantes gocen de su enigmática pose en los Jardines de Luxemburgo, como no, en París.
He desarrollado el hábito de escribir todos los títulos que los autores desperdigan por sus libros. De esta forma, recurro a ese corpus para obtener todo un telar de tableros posibles de lectura. El caso de Bove se repite en varios libros de Vila-Matas y por eso acudí a la librería en busca de ese autor perdido y, eso sí, desconocido por completo para mí. Algo parecido me ocurrió no hace mucho con Robert Walser. Compré su libro, Jakob von Günten, en una edición de Siruela muy cuidada. La sorpresa fue supina. En este sentido, quizá he optado por la guía de la crítica que propone George Steiner en Presencias Reales: " Las mejores lecturas de arte son arte".
Podemos encontrar la obra de Bove, Mis amigos, en la exquisita edición de Pre-textos bajo la traducción -muy cuidada en todos los niveles- de Manuel Arranz. La obra es sorprendente por el uso singular de la sintaxis y de la descripción. Utiliza Bove la sutileza y la insinuación dosificándolas de tal forma que en cada página y en cada capítulo se destilan los rasgos de los personajes aun sin hablar nada o muy poco; lo mismo ocurre con el escenario, las acciones, etc. Realmente, me ha recordado a los cuentos de Hemingway – que leo en estos días, ¡qué regocijo!- por lo aséptico en el verbo. Es un aprendizaje hacia la literatura sin ambages y despojada de retoricismo, un viraje hasta la mínima proporción de enlace entre lo que se dice y se propone escribir.
El libro está divido en cinco partes que coinciden con el encuentro de cinco supuestos amigos que, el protagonista, Bâton, va tanteando a lo largo de su etapa en París. Todos desembocan en desencanto, en distanciamiento hacia el otro y ,en definitiva, hacia la soledad del protagonista. Lucie Dunois, Henri Billard, Neveu, el marinero, el señor Lacaze y Blanche, son los “amigos” con los que Bâton prospera no hacia la comunicación de sus sentimientos sino hacia la evidencia de saberse pobre, solo y demasiado contaminado de sí mismo. Bâton mantiene relaciones sexuales avocadas al desastre, encuentra trabajo gracias a la chaqueta de un amigo, asiste a las tertulias de los cafés parisinos. Un conglomerado de acciones cotidianas cargadas de trascendencia.
“ La gente no cree en la casualidad, sobre todo cuando ésta es la única excusa”.