jueves, 30 de agosto de 2007

UMBRALES

Esta semana me van a permitir que les escriba sobre lo divino y lo humano; y de cómo los hombres somos acaso, en el fondo de esa sustancia indefinida, algo más que un puñado de elementos. Esta semana me van a permitir hablarles de la muerte y de la vida, de lo eterno y de lo efímero, porque ambas posturas frente al tiempo son indisolubles para nosotros. Así que con estos antecedentes, paso a relatarles las reflexiones que se aproximan reptando hasta mi teclado.
La catarsis que ha detonado la muerte del futbolista del Sevilla, Puerta, ha dejado entrever una serie de comportamientos que los observadores venían prediciendo. El fútbol se ha convertido en el modelo supremo de comportamiento y de aspiraciones en la vida de los jóvenes y de los padres de esos zagales. Escribo fútbol y con ello todas las peculiaridades que se producen en la vida de los futbolistas: dinero, presencia en los medios de comunicación, mujeres, juventud, “vida resuelta”, etc. Los medios de comunicación, precisamente, no han hecho más que confirmar que en verano no son capaces de montar un programa digno del país ibérico y que acuden como carroñeros a la noticia deshuesada. De esta forma, me sumo a las condolencias por la muerte de un joven sevillano que esperaba un niño y no por el futbolista como tal, es decir, me imagino a Puerta como un compañero de conversación, de trabajo o de ciudadanía; pero no considero su muerte con el rango épico que han querido proferirle.
Por otra parte, esta semana también ha muerto un gran escritor, Francisco Umbral. Los que hacemos el intento de escribir en los periódicos no tenemos más que entristecernos, ya que se nos ha ido uno de esos modelos a los que no conviene imitar, pero sí leer hasta la extenuación. Pocos maceran sus columnas de opinión como lo hacía Umbral, con un verbo surgido de una melena de sugerencias y de una bufanda de insinuaciones. Se conjuraban en su verbo (y se sigue dando, su lectura es igualmente fresca) las coordenadas de una escritura propia, de una respiración artificial pero verosímil, de una manera de aprehender la opinión, tan propia como su personalidad. Me gustaba su pose de escritor proscrito por las banalidades del vulgo, por las costumbres de la masa. La televisión no llegó a comprender nunca, ni lo hará nunca, que su libro era él mismo, que le importaba dos leches fritas las cámaras y que la postura más honesta de todas era marcharse de allí, donde nunca tuvo que ir. Se murió un mortal como una rosa apagada de primaveras, aunque el mundo ruge aún por el ídolo joven y se olvide de este trashumante de las letras. Un escritor y un futbolista, dos personas que han cruzado los umbrales de lo finito.
INFORMACIÓN SANLÚCAR, I/IX/2007