lunes, 19 de enero de 2009

CONVERSACIONES CON EL LICENCIADO II.

Sólo me interesaba una. La eterna.

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Las historias están ahí para que se narren. Es una propiedad científica la del escritor. Hace falta que llegue el científico que las dote de razón. El sonido de una hoja en blanco.

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En su oído cabían todas las historias, pero sólo me escuchaba al hablar del paraíso. El resto era cosa del demonio.

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El licenciado se presenta en la mesa del bar con un par de libros que acaba de sacar de su viejo maletín. Dice que viene de hablar con el profesor Fouto, ilustre magnate del conocimiento, ficción enconada, iridiscente artilugio meriniano.
-No me diga que ha vuelto a comprar libros, licenciado.
-¡Ah, no…! Hoy los he robado. Llevo años viendo a Walser en aquella estantería del fondo y no he podido resistirme.
-¿Robado, me dice?
-Sí, he cogido el libro y lo he guardado en la maleta, como el que no quiere la cosa, con toda la suspicacia de un ladrón de Conan Doyle. ¡Mostrándole en las narices al dueño el robo para que no piense que es un robo, vamos!
-¿Conan Doyle? Será Poe, La carta robada, ¿no?
-Joven, se está volviendo usted más impertinente cada día.
-Lo siento licenciado.
-…
-¿A dónde va, licenciado?
- A pagar el libro, al lugar del crimen. A devolver el libro.
- ¿Y qué le dirá?
-Entraré como si nada hubiese ocurrido. Lo sacaré de la maleta y lo dejaré en su lugar.
-Licenciado –en voz baja-, los cuerpos muertos huelen a lo lejos.
- Ya -susurrando-, pero las páginas de un libro huelen a eternidad.