viernes, 16 de enero de 2009

SUEÑO DE AGUA.

Gustavo solía dibujarme una imagen que se le repetía cada fin de año. Sin embargo, ahora que estoy en su funeral, después de lo que nos ocurrió en aquel barco, todo comenzó a suceder como si la realidad hubiera desplazado a los sueños. La preocupación por encontrarnos -a Ricardo, a Manuel e, incluso, a Eusebio-, transitaba aquella tarde entre la tristeza de nuestros mayores. Yo me sentía tan muerto como Gustavo, con el mismo frío que él me describía por las noches, cuando se acercaba a los pies de mi cama. Porque para mí no había muerto, yo seguía jugando con él, con la efigie entre mis manos. Todo cambió desde que lo acompañé un día.
Horror, lo aborrecí. Estaba tirado en el suelo. Entre sus manos había un libro escrito en latín, subrayado en exceso, maltratado por la humedad, con el sarampión de los humedales marítimos. Me miró, con la boca colmada de sangre, sonrió.
Al llegar a casa, quise abrir los libros que acababa de comprar: chorreaban agua a borbotones, pero se mantenían impolutos. Al encender la luz del salón, me esperaba allí, esbozando en su cara el enigma de ese sueño que me persigue todos los años cuando intento abrir mi tumba.