viernes, 9 de enero de 2009

LAS TARIFAS DE LA LECTURA.

Con un libro de Gutiérrez Solana entre las manos, bien resguardado del frío y de la amenaza glacial de estos días, continué la caminata desde la librería hasta la Plaza de las Angustias, en Jerez de la Frontera. Algo no terminaba de convencerme en ese paseo: los pasos, las esquinas, el ritmo, las páginas que leía por momentos.
Al pasar por una esquina, en la que hay un hotel reformado, pero que aún conserva la austeridad busguesa de la ciudad, pude ver de reojo que había una biblioteca en un pequeño salón, una estantería con libros que sirve de sala de espera, no creo que de entretenimiento, para los viajeros despistados o fabuladores, nunca se sabe.El efecto fue el mismo que me sucedió en la Rue Mouffetard, en París, cuando atisbé con el rabillo del ojo una cerveza mítica para los que estábamos en el viaje.
Tanto me sorprendió la cantidad de libros que se refugiaban de la calle en esas baldas que quise entrar para tocarlos, dotarlos de vida, leer alguna página. Cuando quise darme cuenta, ya estaba en la recepción sin saber qué justificación podría darle a mi presencia en aquel mostrador, ni era un extranjero, ni llevaba maletas ni mi acento me ayudaba en nada. "Mire, tengo unos familiares que pretenden estar por aquí unos días... (al momento pensé que el joven recepcionista con cara de políglota se quedó meditabundo, intentando explicarse el porqué de aquella insistencia, por qué no en mi casa) y quiero saber el precio de las habitaciones y... (aquí no supe defenderme más que en el silencio) echar un vistazo por las instalaciones". "De acuerdo -repuso- le saco por la impresora las tarifas mientras usted mira lo que quiera." Para entonces ya estaba delante de la pequeña biblioteca.
Miré los libros, los olfateé, los volví a revisar, leí alguna página de Baudelaire, de Galdós. Me senté, sin conciencia alguna, me apoltroné en un sillón vetusto y desfondado. Quise descifrar la presencia de aquella selecta biblioteca en aquel sitio. Los libros llevaban años sin ser abiertos, desflorados del polvo que los recubría. Rilke, Bécquer, Antonio Machado...
Al salir del hotel ni siquiera recogí el folio con las tarifas. Creo que el joven, al verme por allí, con esa actitud pensó que se trataba de una especie de demente, de loco que acababa de completar una acción sin sentido. Ahora que lo pienso, que leo París, de Gutiérrez Solana, y sigo mi garbeo por las calles por las que estuve hace unos días, me imprimo las tarifas para terminar en la cumbre de esta perversidad de las letras.