lunes, 12 de enero de 2009

MADRID. EL ADVENIMIENTO DE LA REPÚBLICA, DE JOSEP PLA.

Hay prosas que llevan a la carcajada por la fácil aproximación y naturalidad con las que se introduce en cualquier tema. Prosas que establecen, en las primeras páginas, una especie de armadura musical (en clave de sol, con algunos sostenidos o bemoles, en compases binarios o ternarios…) que, con variaciones muy bien diluidas, componen al fin un libro de lectura placentera y armónica. Eso mismo me ha parecido la escritura de Josep Pla en el primer libro que leo de este autor, Madrid. El advenimiento de la República.
Advertido por Andrés Trapiello, había procurado leer ciertos fragmentos de Pla en su Cuaderno Gris. Sin embargo, este libro sobre la llegada de la II República a la capital española ha sido una sorpresa. Me ha fascinado la mirada escéptica y socarrona, entre descreída e insolidaria, que el autor mantiene sobre todo lo que toca en el libro que, a decir verdad, es todo lo que le ocurre: la comida, las vestimentas, los personajes del momento, el habla de Madrid, los políticos, los intelectuales, etc. Incluso mantiene una suspicacia inaudita con su propia persona: él mismo se ve como un periodista allegado a la capital de su país para escribir acerca de un cambio de régimen que se está produciendo y que finalmente se produce. A pesar de ello se aburre en Madrid, no encuentra ningún entretenimiento, excepto escribir.
La ironía es la piedra de toque de este escueto pero punzante libro de reportajes sobre las circunstancias que se viven en aquellas fechas en Madrid. El libro se escribió en catalán, en 1933, y hasta 1986 no se ha podido leer en una traducción vertida al español. El libro comienza con un alegato en contra de la pobre vida cultural que existe en Madrid, de la constante sensación de vacío y desamparo en que se encuentra una ciudad al borde de un cambio radical de régimen: “Toda esta realidad hace que aquí, en Madrid, me vea prácticamente obligado a pasar muchas horas sumergido en una misantropía flotante, en una soledad casi completa. No me queda otro recurso que el de llevar un dietario y escribir mis impresiones”.
Esto es lo que vamos a leer en estas páginas, un ventanal que se asoma a una ciudad que bulle y se repliega, que se revoluciona en los cafés, que se disgrega entre radicales de la extrema izquierda y algunos monárquicos trasnochados, entre el ímpetu de Maura y la ascensión insonora de Manuel Azaña -a quien “los políticos veían como un literato y los literatos veían como un político”-, los cortos diálogos con algunas personalidades relevantes del momento como Joan March o Gregorio Marañón en espacios míticos como el café del Palace, etc.
De entre todas estas estampas, no puedo resistirme a detallar un par de muestras. El 14 de abril de 1931 se detalla de la mañana a la noche y se dividen las entradas por fragmentos horarios. Son muchos los sucesos que se van desarrollando. A pesar de la rapidez y la contrariedad a la que se podía desembocar, muestra siempre Pla una autocomplacencia, una postura impepinable con su opinión y sus letras: analiza las elecciones municipales del 12 de abril, los miedos de los monárquicos, la algarabía que se forma en la Puerta del Sol, de sus cánticos, de sus desafinaciones, sus desconocimientos de las letras de los himnos y, por último, las acciones de Maura y Azaña tras su llegada en coche a la Puerta del Sol a riesgo de ser ametrallados por la endeble posición de ese Gobierno provisional. Aprovecha, asimismo, para establecer un recorrido histórico por el desarrollo de la Monarquía en España.
Una anécdota muy simpática e hilarante es la que le ocurre en un coche oficial cuando se dirigían a la casa de Campo. El pueblo lo había invadido todo. Había una fiesta nacional y estaba prohibida la circulación. El gentío comenzó a observar el coche con extrañeza. Llevaba un permiso de la casa del pueblo pegado en el parabrisas: “Fiscalía de la república”. De repente comienza a llover y todo el mundo se agolpa hasta embotellar la salida. El populacho comienza a reventarles las ruedas, a zarandearles el coche y romperles los cristales: “¡Soy el secretario del fiscal de la República!-dice nuestro anfitrión, indignado, descompuesto. –“¡Tu madre!- oigo gritar a un ciudadano que pasa junto al coche urgándose la nariz. –Usted, Pla, -me dice- saque el brazo por la ventanilla y mantenga en alto la bandera…-¡Este cabrón de la bandera!- suelta una mujer gorda metiendo la cabeza dentro del coche”.
Prosigue la crónica atestiguando los cambios que paulatinamente se van incorporando a la vida madrileña: “Hoy el centro de Madrid tiene todo el aspecto externo de una ciudad moderna”. Igualmente, se repara en ocasiones sobre términos concretos y sabrosos políticamente como “enchufismo”, así como la posición de intelectuales como Ortega y Gasset ante la República. Un capítulo especialmente significativo es el de la quema de conventos el lunes 11 de mayo y las preocupaciones que muestran los dirigentes republicanos ante las atrocidades cometidas. Sin embargo, siempre deja Pla ese espacio para la reflexión del lector: “–Y el gobierno, ¿qué actitud adoptó ante los acontecimientos?- le pregunto yo a mi amigo. – la totalidad del Gobierno estaba en contra de lo sucedido, pero la manifestación de esta contrariedad tuvo matices muy dispares. –Esta disparidad de matices, ¿le parece grave? – Me parece grave, pero se entiende que esto queda entre nosotros”.
Este Madrid. El advenimiento de la República consiente una lectura de este tiempo. En él se reflexiona sobre la importancia de la evolución de los nacionalismos, sobre todo de Ezquerra, las primeras medidas revolucionarias de la República, la figura del silencioso Manuel Azaña, de la pérdida de posición de intelectuales como Unamuno (a quien le roban trescientas pesetas y lo achaca al devenir de la República), de las preocupaciones capitales a las que se enfrenta el nuevo gobierno: la Iglesia, la educación laica, los trabajadores, el caciquismo, las medidas de orden social, las contrapropuestas de Lerroux,…Todo ello hacinado en una prosa prodigiosa, con tendencias a la sencillez y al mismo tiempo a la profundidad, con destellos estilísticos dignos de mencionar y con la mirada socarrona y neutra, aséptica y turbadora, por qué no, de un escritor que va pertrechado de un dietario con que completa sus días a pesar de lo que ocurre en el mundo.