domingo, 18 de enero de 2009

CONVERSACIONES CON EL LICENCIADO.

-Mire joven, lleva toda la tarde dándole vueltas a lo mismo. La cuestión es única, ¿comprende? No hay más que una salida, una respuesta inexorable que o la toma o la deja. Ahora bien, si usted decide finalmente responder con ella, debe hacerlo con todo, es decir, con su vida. En definitiva, ¿usted es escritor?
-Escribo en una bitácora.
-¿Bitaqué? ¡Querrá decir un blog!
-Bueno, bitácora o blog, lo mismo da. Lo importante es la escritura.
-La escritura, la escritura…
-Me refiero a que escribo a pesar de que sea en una bitácora. Escribo ficción, todo en ella es ficción, aunque pasada por el cedazo de la autobiografía.
-La autobiografía, joven, es la escritura de la vida. La vida nunca puede escribirse sin ficción porque forma parte del pasado. Y el pasado pertenece a la memoria. En la memoria se igualan lo que fue y lo que pudo ser.
-Por eso mismo, escribo con un personaje que lee, que escribe cuando lee, después de acabar un libro. Algunos piensan que ese sujeto que ha subrayado, que ha marcado un pasaje en una obra o que ha ido a un hotel a ver una biblioteca, soy yo.
-¿Usted está seguro, joven?
-La literatura me hace dudar de ello…Algunas veces, esa escritura la confundo en mis propios sueños: sueño lo que escribí, lo que quise que pasara. Fíjese, licenciado, el pasado día soñé lo que Tabucchi le contestó al padre en Réquiem, ¡tuve el sueño de otro!
-Vaya, joven. Déjeme ver sus ojos, sus manos,… ¿Qué hace?
-Escribir. Debo darle vida. Lo escribo.
-…
-Necesito que usted me acompañe al negro sobre blanco, licenciado.