martes, 20 de enero de 2009

JUEGOS.

A veces termino pensando que todo es una broma: el trabajo, el amor, los libros, la familia. La vida es la forma continua de la broma, de ahí sus indecisiones, los entresijos en el absurdo, la algarabía de los recuerdos, la solemne amanecida de las noches. Vayamos a la literatura.
El lector es un prototipo del homo ludens de Huizinga. Juega con las letras, las lee, las interpreta a su antojo. Me lo imagino rascándose la cabeza, arrodillado mientras compone en su mollera las ínsulas extrañas que crea la literatura. Historias inventadas a las que se les inyecta la verosimilitud que necesitan para pasar por reales, para igualarse a las posibilidades de nuestra interpretación. Real para el hombre significa posible, en potencia. Ya la realidad superó a la ficción para siempre. La ficción es una de las fisuras de la realidad, una manera de penetrar en ella, de acceder a su dominio.

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La lectura es una interpretación, esto es obvio. Pero quiero sumar algo a esta perogrullada: una interpretación que posee las arterias de nuestra existencia. Leemos en tanto que vivimos. ¿Dónde termina la interpretación? Por supuesto, en nuestra forma de vida, extraña forma de vida. Por lo tanto, nuestra vida es una interpretación en marcha.
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"[...] ¿Qué es el arte? puede responderse bromeando, con una broma que no es necia completamente...", así comienza Benedetto Croce su Breviario de Estética. Ahora prefiero seguir bromeando y decir que los niños son los únicos capaces de distinguir una obra de arte en su plenitud: no les importa nada más que lo que ven, no necesitan ninguna interpetración ante un pintura... Los niños ven el color por vez primera; leen una letra por vez primera, escuchan un sonido por vez primera. ¿Qué es el arte, sino la broma que nos hace pensar que vemos, oímos, sentimos por vez primera?