miércoles, 7 de enero de 2009

CORONACIÓN (SIN J.DONOSO).

Como un ritmo cardíaco (sístole, diástole) en que unas veces se acelera el corazón por esfuerzos o sobresaltos y otras se viene a menos por el descenso de actividad, quiero que se complete esta bitácora. No posee la escritura la táctica administrativa de las horas pautadas sobre el devenir de los días. Ni siquiera sabe uno qué página, qué suceso, qué pensamiento lo arrebatará de la silla para comenzar a escribir con los puños poseídos por la carne viva de las ideas. Se articulan los sonidos, las frases van trenzándose y diluyendo la pretensión original en un boceto -siempre la escritura esboza algo- que termina por derretirse en la última sílaba de la palabra escogida.
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Escribir tiene la emoción de una metamorfosis: las palabras se levantan como cucarachas y piden alimento y se encierran en sí mismas y pretenden, además, descifrar el mundo.


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Hoy más que nunca escribir se ha convertido en una cuestión impropia de la literatura. Así que para comenzar a escribir lo mejor será dejar de ser escritor y empezar cuanto antes a escribir. Hoy más que nunca escribir da voz al ser humano, al que se resguarda del desquicio de los escritores, de esos personajes que se convierten en títeres que coleccionan premios y resguardos de premios. Una novela, un poema o un libro cualquiera (por no entrar en polémicas vacuas) siempre debe derrumbar nuestros prejuicios literarios y construir un mundo nuevo, deslumbrante, novedoso, en su sentido primitivo. Un libro debe edificar la palabra llevándola a sus límites.