sábado, 17 de enero de 2009

PIDO LA PAZ Y LA PALABRA

Pensaba yo dedicar estas palabras a las pronunciaciones y los acentos, a la ignorancia y la cicatería ante la evidencia de la tontuna. Migajas, cuando menos, de una magdalena empapada en el té de los incapaces y Monserrat nebrerensis sacando el bisturí de la fonética sin ser licenciada en las artes que dictan el sentido común. Un cuadro antiguo, una escena del peor teatro costumbrista parecen estas despelotadas del verbo, estas secuaces de la melena al viento y el macuto hasta la buchaca. Qué hacerle, dios, a estos cretinos que han venido con la democracia y los sistemas educativos en que se regalan los títulos como morcillas de matanza.
“Debes aprender a expresarte bien, niño, tienes que escribir con propiedad y bajo las normas. No llegarás a nada sin saber leer ni escribir, hablar y entender- le digo a un zagal que me mira de reojo. “Pa qué”, me contesta el granuja, “ji pa zé minihtro zólo hay que hablá mu despacito, pa que ze me entienda bien, no ve que pienzo má rápido de lo que hablo, joé…”. Con esta miseria de los españoles, ¿qué queréis? Mientras, el mundo se despelleja.
No puedo más que expulsar cal viva desde esta columna. Yo doy todas mis palabras por un hombre en paz, por una mano piadosa y clandestina que apunte a los culpables de las guerras. Por los inocentes, doy mi palabra, que es mi vida entera. Por los indefensos ante las crueldades, por los que nunca dijeron nada de religiones ni de petróleos, ni de ungüentos de la envidia y la avaricia, doy mi palabra en carne viva, envuelta en el garfio de una sílaba envirotada.
Pido entonces la paz y la palabra para todos los pueblos, el palestino y el judío, Israel y la franja de Gaza sin distinciones de muertos ni de bombas, los muertos significan la evidencia de nuestra debilidad, la igualdad que nos une en el término de nuestro delirio, que es la vida. Si los palestinos sufren el ataque de los israelíes, también los israelíes sufren el ataque de todos los pueblos que los rodean. No hay muertes a un precio y a otro, sólo la paz, que llega con la palabra, es la escalinata de gloria para los hombres. Alto el fuego, que cesen las bombas, que acabe este lamento antiguo de las religiones que se amparan en las matanzas. Fuera los radicales de este paraíso que es el mundo y que lo habitan los demonios, que son los hombres.