domingo, 25 de enero de 2009

EN TORNO A LA IMITACIÓN Y LOS NUEVOS ESCRITORES.

Una cita del Brocense: “Digo y afirmo que no tengo por buen poeta al que no imita los excelentes antiguos”.
Sin entrar ahora a matizar el concepto de imitatio que circulaba en aquella época, quiero recoger tal cual la afirmación para meditarla en este siglo XXI.
Parto de que hay un descrédito de la imitación para los escritores noveles en pos de alcanzar la originalidad, aquello se llama la voz propia, desde los primeros balbuceos de una obra. Advierto cierta ansiedad por escribir de principio una novela o un poema que cambie el curso de la poesía o de la narrativa y que comience con ello una nueva generación de escritores que escriban como él, valga la paradoja. Sobre el teatro escribiré otro día. Incluso aprecio, en muchas editoriales, la necesidad de encontrar a un joven escritor que revuelva las librerías y al que se le comience a llamar “el nuevo talento de la narrativa o de la poesía en nuestra lengua” y que se escriban cosas como “la mejor novela de los últimos años”, cuando el escritor en cuestión tiene veinticinco o veintiséis años a lo sumo. Ha habido casos memorables (Vargas Llosa, Octavio Paz, etc.), pero son los menos.
Me he parado a pensar sobre este asunto, a leer los primeros versos de Cernuda o Juan Ramón, las primeras líneas de Cortázar o Vila-Matas, e incluso las obras de Alarcos o de Savater, para comprobar que el influjo de los maestros en esos principios es bien notorio e incluso necesario. No son estos fragmentos los que pertenecen a la voz propia del autor, pero los considero necesarios para alcanzarla. Toda obra nace de un magisterio, de un autor que posee una sensibilidad cercana y una escritura, que podemos llamarla estilo, también parecida a lo que aspiramos. A partir de ahí comienza el estudio, las lecturas, los embriones escriturarios, los papeles rotos, los primeros aciertos e, incluso, puede que nazca el primer libro que se aposentaba en nuestra mollera. Porque un libro nace de un pensamiento y un pensamiento que se precipita sobre la realidad termina perfilado por las palabras. Parece que nadie se preocupa en rondar los pensamientos para abrigar una buena idea, más bien sucede que todo esté volcado en la forma de escribir, en la fragmentación, en las composiciones no estróficas o en los ensayos más baladíes sobre una posmodernidad que pervive como concepto a pesar de su ineficacia.
En los tiempos actuales ocurre todo lo contrario. Si leemos a un autor joven que suena o que se parece mucho a X, rápidamente aparece algún lector avisado o algún crítico de suplemento para advertirnos de que esa técnica ya fue usada antes por otro X o que ese uso del encabalgamiento es tan antiguo como la vida misma. Nadie se atreve a decir que Borges copió a Poe o a Conan Doyle y por eso es un mal escritor. En la asimilación del amestro está la virtud del aprendiz.
Con estos prejuicios, con estos mimbres críticos, con estas búsquedas de la originalidad donde quizás no pueda haberla todavía, se merma más de una carrera literaria que, con el tiempo, pudo haber alcanzado esas cotas de originalidad y de voz propia que se le requiere a todo buen escritor.
Observo otro mal endémico para los escritores que comienzan: los premios literarios. Últimamente sólo escucho entrevistas en la radio o en la prensa a aquellos escritores que han recibido un premio. ¿Es esa condición fundamental para saber escribir o para que adquieras el rito de paso necesario para sentirte escritor? La preocupación por los premios viene adosada a la de la publicación. Hay que publicar cuanto antes un libro para ser escritor, ¿Hay que tener un libro publicado para ser escritor?
Estas palabras también están dirigidas, obviamente, hacia la selección de lecturas que realizamos los jóvenes. Se piensa que hay que estar al día de lo que se está escribiendo y esa postura me parece adecuada y, cuando menos, necesaria; es una virtud apreciar el valor de una obra en su tiempo y no cuando todos sus logros son evidentes. Pero, si es cierto que admiro esa versatilidad de los lectores que saben lo que se está publicando, es más cierto que idolatro a aquellos que manejan a los maestros antiguos. Con maestros antiguos, titulo que le robo al escritor austríaco Thomas Bernhard, me estoy refiriendo a los escritores que han pasado a la condición de olímpicos de la literatura. En ese estado se encuentran desde el anónimo de Las Mil y una noches hasta Borges, pasando por Cervantes, Quevedo, Cernuda, García Márquez o Javier Marías. Escritores todos que han podido escalar hasta sus cumbres porque un día comenzaron a imitar a Kafka, Hölderlin, Faulkner o a Conrad.
A pesar de esta apología de la imitación, debo decir -y con ello termino- que si el talento o el (in)genio no aparecen en algún momento de su obra, la imitación quedará relegada a la imitación misma; a cuadro de museo que cuelga junto a su original sin la más mínima aspiración de establecer una forma que aspira a su idea o una muestra del espíritu humano.