viernes, 2 de enero de 2009

FANTASÍA DEL EXILIO.

Mi abuelo Juan, ya muerto, tuvo que exiliarse a Francia cuando comenzó la Guerra Civil española. No sé con exactitud si sólo avanzó hasta los Pirineos, para agazaparse entre los montículos y accidentes geográficos, o si pudo introducirse en el grupo de exiliados que llegaron hasta la capital francesa. No sé, por tanto, si fue capaz de deambular por las calles de París tal y como lo acabo de hacer yo de un tiempo a esta parte. De cualquier forma, la potencia de la imaginación permite que los recuerdos de dos seres, de seres de otros tiempos, puedan coincidir a pesar de la imposibilidad. Mi abuelo murió cuando yo era muy pequeño y nunca tuve la oportunidad de poder hablar con él sobre sus inclinaciones políticas, sus inamovibles ideales comunistas, sus preferencias lectoras o su percepción de un mundo, el de ahora, que se sacude de los obuses y los tiroteos de antaño.
Me hubiera gustado poder hablar con él sobre su forzada marcha a tierras francesas y poder preguntarle si conoció en Colliure a un poeta maltrecho y desolado que se llamaba Antonio Machado. Si tuvo noticias de la escapada de Miguel Hernández hasta el Alcázar de Sevilla con Romero Murube y de su posterior aventura en Rosal de la Frontera donde fue detenida la voz del pueblo. También suspiro ahora por todas las experiencias, por todos los versos no escritos que me hubiera dejado en las manos púberes e inocentes que poseo. Mi abuelo, como tantos otros, fue testigo de una circunstancia en que los hombres fueron lobos para los hombres, en que los gestos debían ser medidos al milímetro y en que las palabras llegaban a poseer las profundas señales de la libertad.
Me cuentan que fue un hombre instruido, con un fondo de lecturas notable, con inquietudes que yo mismo he atravesado, como la música. Pero también me relatan sus sospechosas manías de comunista traicionado, sus primitivos comportamientos con los familiares, su tozuda manera de entender el mecanismo de su familia. De cualquier forma, fue un hombre de otro tiempo, y esa condición es imposible de desvincularla del recuerdo. Ya en los años sesenta fueron a por él a un bar, Noriega, donde solía tomar el desayuno. Justo cuando estaba tomándose una torta y un café, unas manos se echaron sobre sus hombros y lo trasladaron a la cárcel. Allí estuvo unos meses mientras su familia tuvo que hacer frente a una fianza para poder sacarlo de la cárcel. Tiempo después quemó todos los papeles: pasaporte, algún documento falsificado, libros, etc. justo los papeles que me hubiera gustado poseer ahora que sólo puedo imaginármelo sorprendido por París, mendigando por los bulevares y dejando crecer la barba para poder desprenderse de sí mismo.