lunes, 5 de enero de 2009

J.MARÍAS, CONAN DOYLE Y POE. LITERATURA Y FANTASMAS.

Los grandes personajes, los que no dejan de percutir en nuestros recuerdos después del final de una lectura e incluso de los años, los sujetos narrativos que cobran vida más allá de la celulosa que los sotiene, están conformados, precisamente, de una argamasa ficcional que reúne materiales de distinta procedencia. A diferencia de los seres humanos (y por mucho que lo queramos el ente ficcional procede de la palabra, es palabra; nosotros somos a través de la palabra, llegamos a ser por ella, no en ella) el hombre parte de una mixtura que mezcla, para colmo, las experiencias y las lecturas de su mentor. Por este motivo, para los escritores, vida y literatura terminan desembocando en un mismo cauce, en las aguas de la escritura.
A pesar de esta interpretación, los escritores evitan, en demasiadas ocasiones, declarar que la escritura que practican está jalonada por varios motivos: vitales los unos, estrictamente literarios, los otros. Todavía se ufanan en defender el realismo o la pura ficción, cuando es imposible que en un escritor no se den al mismo tiempo lo uno y lo otro. ¿No es real un sueño en un libro, no deja de ser realista un paseo por el rastro en un libro? Y digo yo ahora, ¿en qué momento, al paso de los años, puede un escritor discernir si la configuración de uno de sus personajes estuvo motivada por tal o cual experiencia, por tal o cual lectura?¿No resultan, a fin de cuentas, lo leído y lo vivido el haz y en envés de la misma realidad?



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Esta mañana he estado recordando la lectura de Negra espalda del tiempo, de Javier Marías. El libro me lo recomendó un amigo, Iván, que ya había leído otros títulos de Marías. Realmente, él fue uno de los primeros lectores de mi círculo de amigos que había defendido a Marías con desmesura y, escribo ahora, sin equívoco alguno. Negra espalda del tiempo es un libro espléndido que sobrevuela por algunos de los primeros libros del autor de Los dominios del lobo. La negra espalda del tiempo es precisamente una reflexión sobre las consecuencias de contar y descontar, esto es, la selección de lo que se cuenta y el olvido en el que caen los hechos nunca narrados. Lo que ocurre en el reverso de la escritura de una novela, el abandono a tal o cual hecho que no nos interesa sacar a la luz.
Esta mañana he estado leyendo Estudio en Escarlata, de Arthur Conan Doyle, en la edición de la Biblioteca Áurea, de Cátedra, en que se reúne Todo Sherlock Holmes. Después de adentrarme por la vida de Conan Doyle, de sus desventuras y manías, comencé a leer el primero de los relatos. En un pasaje en que hablan Watson y Holmes, al conocerse por primera vez, dice Holmes: “La facultad de observar constituye en mí una segunda naturaleza”. Subrayé la frase porque no sabía a qué personaje podía asignarle esta misma sentencia sin que nadie se llevara a escándalo, sin que la novela sufriera ninguna fisura ni incoherencia.
En boca de Jacques, Jacobo o Jaime Deza, “la facultad de observar constituye en mí una segunda naturaleza”, tu rostro mañana, baile y sueño, veneno y sombra y adiós, un Hamlet detectivesco. Eso me pareció Deza por momentos, un Hamlet detectivesco en busca de su propia sombra que se resiste al veneno de su condición.
J. Marías ha prestado su atención en varias ocasiones a la vida y a la obra de Conan Doyle. Así lo demuestra en Literatura y fantasma, pero sobre todo en Vidas escritas, ese imaginario paseo de tono hagiográfico que desvela sus preferencias en el mundo anglosajón. En esa galería está Conan Doyle junto a Faulkner, Conrad, Joyce, Mann, Nabokov o Rilke entre otros.
Cuando este episodio imaginario que hilaba la personalidad de Deza con las virtudes de Holmes y la profundidad de Hamlet, venía terminándose y llegando a su fin por absurdo o quizás por inadecuado, quiso aparecer Dupin, el insólito y genuino personaje de Poe. Localicé la traducción de Julio Cortázar -ay don Julio, Montparnasse, allí quedó nuestra copa al viento- y comencé a releer Los crímenes de la calle Morgue, el relato que da comienzo a la moderna novela policíaca, según Borges. Para mi asombro, y siempre pensando que Javier Marías lo había leído antes de comenzar la redacción de magna novela, aparece una cita de Sir Thomar Browne. Marías ha traducido la obra de Browne bajo la admiración, e incluso tuvo un episodio con Borges y Bioy sobre un pasaje que nunca logró encontrar y que a su juicio Borges y Bioy se habían inventado y, a la postre, insertado en una traducción al alimón.
El inicio del relato consiente una lectura profética sobre el comportamiento de Deza a lo largo de Tu rostro mañana, el inico encierra buena parte de lo que uno se guarda al final de la lectura: “el analista halla su placer en esa actividad del espíritu consistente en desenredar. Le encantan los enigmas, los acertijos, los jeroglíficos, y al solucionarlos, muestra un grado de perspicacia que, para la mente ordinaria, parece sobrenatural. Sus resultados, frutos del método en su forma más esencial y profunda, tienen todo el aire de una intuición”.