domingo, 11 de enero de 2009

UN GARBEO POR SANLÚCAR

Llevo tiempo pensando en escribir un libro que sea un paseo sentimental por las calles de este pueblo. Tiempo llevo, además, buscando la manera más apropiada para que el libro se convierta en un tránsito personal que pueda servir a cualquier ciudadano que pretenda acercarse a sus lugares de rutina con los ojos prestados de mis letras. Para ello he pensado en ir macerando una prosa, una forma de escribir que se acerque adecuadamente al fin de un paseo sin brújula, de un ir y venir sin ninguna determinación previa, como una barca de esas que se dejan besar por el atardecer en Las Piletas, donde el océano amamanta al descuidado Guadalquivir.
Al pensar sobre las calles y los parajes que quiero incluir en ese proyecto, me asaltan las dudas más feroces que jamás he tenido. Por un lado, me apetece no trazar ningún croquis que cierre el paseo antes de comenzarlo; por otro, sólo me siento escritor cuando estoy en lugares muy concretos de Sanlúcar, sólo me importan ellos; son, a fin de cuentas, los que me han llevado a establecer el trópico de mis recuerdos.
Desde esta columna (continente del olvido prematuro, huevo sin yema y almeja sin cáscara) le lanzo el guante a Manuel Ángel Gallego de Prada. En muchas ocasiones hemos alabado juntos las virtudes y las bondades de la luz orillando en este enclave, a pesar de los reproches, cientos, que hemos proferido a sus últimos desarrollos. Un pintor vendría muy bien a ese paseo. Mejor, a ese garbeo por la ciudad. Una ilustración que vierta en el lector los ángulos, las vistas, los colores, la imposible luz captada, y que se acompañe de una música escrita, esa que llevo en la cabeza de un tiempo a esta parte, esa que huele a hongos y a flor de bodega, a la que se precipita sobre mis recuerdos como una malvarrosa.
Aquí dejo esta evocación de un libro futuro que rendirá cuentas con mi memoria: el acueducto que justifica mis idas y venidas por estas calles como un extranjero que llega a un nuevo lugar, un espacio que hay que descubrir con la escuadra secreta de su mirada.