lunes, 8 de febrero de 2010

18.30. p.m. Cuando algo adquiere una objetividad total, como las ciencias, deja de tener trascendencia definitiva. Quiero decir que, una obra literaria aspira a revolucionar el concepto de humanidad para todos aquellos que intenten aprehenderlo. Para ello, la obra literaria se nutre de los temas que trazan al hombre: los hacina, los desordena para darle nuevos bríos, quizás algunos nunca avisados. Una obra literaria es una lasca que salta, brota y afila la humanidad. Pero, ¿se mejora con ello el espíritu humano?
Cuando hace poco leía que algunos de los hombres que administraron Auswitz estaban preparados para interpretar a Shakespeare con profundidad y a Goethe y que no dejaron nunca de leerlos me quedé pensativo, con una atención alarmante. No es tampoco el único ejemplo de hombres cuya ética no está en consonancia con la formación o las lecturas que realizaba. También es cierto que se trata de excepciones. Ya sabemos de la influencia de las mismas. Entonces, ¿qué hay realmente en la interpretación que un hombre hace de una obra de arte; por qué dos personas con la misma formación viven de forma tan dispar el mismo fenómeno?
Ante estas disyuntivas lanzo una pregunta a la intimidad de este diario. Es la siguiente, ¿hasta qué punto la obra de arte, en este caso la literaria, posee en sí misma tales cualidades; hasta qué punto no es el lector el que embadurna de virtudes una obra literaria; hasta que punto no sucede un fenómeno extraño, de difícil concepción, en que la obra en sí y el lector que desvela participan del mismo fenómeno de conocimiento?

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18.31.p.m.Una vez que terminé de leer El Origen, de Bernhard, entiendo la presencia de la música en toda su obra. El autor no pudo salir jamás de aquella sala de los zapatos en que estudiaba violín bajo la supervisión del maestro que destruía sus esperanzas con la repetición de ejercicios. Si tuviera que escoger una imagen para este relato autobiográfico, sería la de una sombra tras una puerta de cristal interpretando, con un violín, las notas de la ininterrumpida secuencia de la muerte. Al fondo, los cristales rotos por el cimbreo de las bombas. A sus pies las cuerdas rotas, el arco cejado hasta la extenuación. Su cuerpo, silueta del suicidio, apocopada. Todo gris y tierra. Una indicación.

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18.32.p.m. Aún sin comenzar Bouvard y Pécuchet, sólo el primer párrafo, el fragmento en que los dos personajes llegan al bar y conocen sus nombres porque ambos lo llevan marcados en el sombrero. Me sorprende la fascinación que, de inmediato, se siente el uno por el otro. Pero yo también he sentido alguna vez esa fascinación.
Mañana haré que borden mi nombre en un sombrero. Lo dejaré encima de la mesa y alguien dirá mi nombre en voz alta, como si estuviera atestiguando una presencia. Entonces yo diré, tal vez sea una suerte para usted, pero a la larga, la soledad es muy triste.