lunes, 15 de febrero de 2010

levitaron las ansias.

Esta mañana me levanté animado por unas ganas enormes de escribir, ¿dónde han quedado, qué ha sucedido? Unas ganas que, incluso, me desconcentraban del trabajo y me hacían observarlo todo como esa realidad que sucede y transforma en literatura, como un mar renovado, listo para convertirse en materia de este diario; como un mar, quiero decir, que se renueva a pesar de su permanencia aparente, de su lucha que parece. Garabateé algunos versos, anoté ciertas ideas al hilo de la lectura de un poema de Coleridge. Soñé con las palabras que Borges le dedica al poeta inglés y no dejé de leer cómo su poesía se edificó tras amplios periodos de lecturas filosóficas. Para colmo, había tanto bullicio en la sala, que decidí trasladarme al cuarto de baño para leer con el silencio requerido los versos del poeta. Tras esta acción, me vi como un sujeto que se aísla en un habitáculo para leer poemas al margen de los días, de los hombres. Me vi desde fuera como lo hacía Perec en Vida instrucciones de uso, en una habitación reducida, destinada a los desechos humanos, para poder leer sin que nadie te increpe mientras lees algún poderoso verso. Unas palabras que cambien tu estancia en la mañana.
Pensaba todo esto mientras la realidad se resguardaba de mi observación. Ella mantenía sus hechuras a pesar de mi evasión. Su insistencia percutía con los sones de siempre. Las ganas de escribir iban poco a poco diluyéndose. Hasta que desaparecieron por completo. Hasta que la agrafía se apoderó de mí y de nuevo la rueda comenzó a rodar como lo hace la luz en la mañana, como lo hace la lluvia en los cristales.

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Esta actividad es secreta, por supuesto. Tengo amigos novelistas que, llegado el momento, lanzan al aire sus cualidades y su profesión. Tengo amigos poetas que, de vez en cuando, dicen sin reparos, soy poeta. Sin reparos, dicen. Sin embargo, esta cualidad de escritor que mantiene un diario es de distinto pelaje. El diarista parece concebir la literatura como un continuo que jamás cesa, tal cual la vida. Concibe escribir como la sucesión de sus días y en sus cuadernos vuelca las insatisfacciones, pero también los deseos, las fobias, acaso sus manías. El diarista es consciente de que una obra jamás dirá lo que tiene que decir y que, al igual que la vida, con la misma naturaleza que tienen los hombres, las palabras diezman la concepción de lo vivido. O acaso la concepción de lo vivido no sería nada sin escribirla.

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De un tiempo a esta parte, se ha apoderado de mí una tolerancia extrema a todo que no me satisface en absoluto. Cuando digo una tolerancia extrema, quiero decir una falta de compromiso sobre todo aquello que me importa un bledo, que no me importa nada. A decir verdad, casi todo me importa nada.
No sé a qué se debe. Lo cierto es que no hace poco, me entusiasmaba con algunos proyectos, me ilusionaba con cuestiones del trabajo, elogiaba a los que dedicaban su tiempo a que los otros mejoraran. Todo eso se ha ido perdiendo como una línea en el agua. Todo eso se ha ido desfigurando y, ante tales acontecimientos, sólo soy capaz de encoger los hombros, de sonreír desganado. En otros sitios está mi energía, mis ánimos. Allí donde nada se ha trazado aún y donde no acontece lo predecible. Creo que ése es el problema, me levanté con ánimos de escribir, con demasiados ánimos, y me di cuenta de la dificultad de escribir lo que no es siquiera predecible.

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El libro de poemas está entregado. Dudo de todo, mas no de los que levantaron el huerto.