domingo, 21 de febrero de 2010

Dos relecturas completas.

El diario tiene la virtud de convertirse en un baúl en que uno va dejando tal o cual experiencia, esta o aquella sensación, sea referida o no a la lectura o a la escritura o a cualesquiera de las realidades que nos sobrevienen en la vida. Sirve, asimismo, como un retal, una impostura, si cabe, de un suceso, pero en todo caso como un lugar y un método de conocimiento. Eso es, el diario es un método de conocimiento, una anamnesis continua, una ciénaga, eso sí, con que nos frotamos los ojos al tiempo.
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A veces la lectura no necesita concluir con la totalidad de la obra, eso lo aprendí con Alberto Manguel, pero ha sido hoy cuando he vuelto a experimentarlo en carne viva. Basta con leer una frase, un párrafo y, en muchas ocasiones, un solo verso para dejar que la obra nos invada y nos atraviese. Esta tarde me ha ocurrido dos veces la misma anamnesis.
Por un lado, antes de iniciar la lectura de El aliento, tercer volumen de la autobiografía de Thomas Bernhard, se me ocurrió releer algunas frases subrayadas de El sótano. Cuál fue mi sorpresa, cuando leí que tenía anotado a lápiz lo siguiente: "volver a leer. Magistrales". El adjetivo lo había reservado para las cuarenta y una páginas finales del libro, es decir, para casi la mitad de la obra. A pesar del número, no dudé en volver a leer ese prodigio narrativo que mezcla la música (“Mi amor a la música, que durante toda mi vida ha sido y sigue siendo mi gran amor”), el yo y la humanidad (“La idea ha sido descubrir las intenciones de la existencia”), el absurdo y la existencia (Sólo porque me opongo a mí mismo y, realmente, estoy siempre en contra de mí, soy capaz de ser“), la lectura y la escritura (“Cuando escribo, no leo, cuando leo, no escribo, me resulta igualmente repulsivo”) y un sin fin de temas que van tomando forma literaria como en una apoteósica coda final de una obra sinfónica.

Por otro lado, hay un verso en Cuatro noches romanas, de Guillermo Carnero, que valen una poética: “Quítame la conciencia o dame la eternidad”. Este verso pertenece a la “Noche segunda. Jardín de Villa Aldobrandini”. Lo tengo para mí como el soplo de un amanecer.
La intensidad literaria de este libro es una experiencia que escasea en la actualidad. Los diálogos que mantiene el sujeto poético en este libro trascienden la ocurrencia y las palabras manidas sobre una ciudad llamada eterna. He vuelto a releerlo y he observado que no tenía subrayado ese verso en la primera lectura. Esto me ocurrió antes de enfrentarme de nuevo a las páginas de Bernhard y confieso, en este del diario, que la experiencia de leer a Bernhard después de leer poesía es absolutamente grata y diferente, acaso consigue uno entonar y afinar el oído ante el prodigio poético de Bernahrd, porque así he visto hoy su prosa, con toda la proteica presencia de la poesía.