lunes, 1 de febrero de 2010

Llevo unos días leyendo a Husserl. Me atrae el concepto de la espiritualidad europea. A pesar de que pueda sugerir todo lo contrario, es en esta época cuando lo considero más necesario. Todas estas explicaciones psicológicas, trascendenteales y espirituales... No he dejado de recordar cómo Platón explicaba la configuración de los hombres a través de intervalos musicales y cómo, las últimas líneas de República no son más que una concesión al poder órfico de la música como acción salvífica y dadora de conocimiento y verdad.
Obviamente, la acción de la música sobre los escuchantes, tan bien relatado en el mito de Er, es una demostración de Platón sobre los límites de la filosofía y, en sentido lato, del conocimiento. Sólo el dotado de la virtud sabrá discernir en las esferas la concesión armónica. Esto, llevado a otros planos de la vida, puede hacernos afirmar que sólo los que levantan el velo de lo cíclico, apuran los límites de su propia vida.
No en vano, todas estas disquisiciones de la música, el conocimiento y el hombre me han ido construyendo una idea, más o menos clara, de la poesía. Es a través de estos tres elementos cómo la leo y la escribo.
La dificultad que entraña estas actividades para la mente sobrepasa la capacidad del hombre, incluida su materia. Por eso la música, esta música que suena imparable, que a nada se ata y de nada deviene, contempla en su seno aquello a lo que aspiro, a pesar de no saber ni intuir qué es.
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He comenzado a leer Bouvard y Pécuchet, de Flaubert. Lo he hecho motivado por las palabras que le dedica Borges en “Vindicación de Bouvard et Pécuchet”. En esa disquisición, ofrece el escritor argentino una interpretación muy atractiva de la obra de Flaubert. Viene a decirnos que la obra está emparentada con la búsqueda misma de la verdad. Esa búsqueda bien puede ejemplificarse de la siguiente manera: el universo es incognoscible. Cuando explicamos un hecho nos referimos a otro más general. Así hasta el infinito. Por ejemplo, la ciencia, según Spencer, es una esfera finita que crece en un espacio infinito. Conoce y explica esa sección, pero lo infinito existe más allá de ella.
Algo parecido le suceden a estos personajes. Bouvard y Pécuchet se han trazado la tarea de explicar el mundo para conocerlo. Ante la imposibilidad, la manía de llegar a una conclusión es una tarea estéril.
Cuando Borges dice, además, que la mayor esfera es sólo un punto en el infinito, está convirtiendo las dos figuras, los dos copistas setentones, en cualesquiera de los filósofos más sesudos. ¿Qué si no un punto en el infinito es la obra de Shopenhauer, qué si no la de Platón?
Esa analogía que plantea Borges desde el texto de Flaubert la tengo para mí como una relación secreta con El Quijote. Flaubert fue un lector atento de la obra de Cervantes y no es de extrañar que las coincidencias surjan de aquí en adelante.

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No debería haber empezado estas notas con las reflexiones del mito de Er. Tendría que haber anotado, sin más ni más, cómo aconteció esta tarde o qué tal han ido las pruebas del libro. Tendría que haber dejado escrito que la literatura moderna tiene el grave problema de querer ser moderna. Y que, de esa ecuación categórica de la modernidad, devienen todas las faltas e inoportunas obras de ocasión.
Copiar, copiar, como hicieron Gouvard y Pécuchet, dejar al menos la lista de los fragmentos que uno ha leído o las tontunas y desmanes que acontecieron en sus días. Quizás alguien llegue, las lea y sea capaz de descifrar el mensaje que nosotros jamás supimos leer ni escribir.