jueves, 18 de febrero de 2010

Como una arritmia, desde ayer por la tarde dudo de la permanencia de este cuaderno, de este diario. No de su continua existencia, sino de su muestra en público.
Entiendo que la duda es la situación natural del escritor, la duda ante la palabra necesaria, la duda ante el fin último (si existe), la duda metódica, podríamos decir, la de la realidad nombrada.
Es cierto que Antonio Machado dijo que pensar el mundo es como hacerlo nuevo. Y es por eso por los que pienso después de dialogar con otros que encierran en sus palabras certeras indicaciones. Y en esa creencia tengo situada la literatura y la escritura, como esa duda que edifica constantemente. Sin embargo, desde ayer por la tarde, las convicciones abandonaron la duda y tuve la claridad necesaria para decidir abandonar este diario en este formato.
No cabe la confusión en este sentido, no puedo mantener por más tiempo el compromiso diario enmascarado en esta moda de Internet que hace del blog un lugar que no me interesa en absoluto.
Porque puede suceder que esto no sea un diario, sino un híbrido ejercicio literario, apenas una meditación hilvanada por un yo incandescente. Porque puede suceder que encuentre en el silencio inmediato del cuaderno que tengo sobre la mesa sus mejores virtudes, los perfiles necesarios que lo hagan merecedor de la lectura de otros. Que encuentre en el silencio de las tardes su verdadera esencia, sin la necesidad de ser leída por nadie, en ningún momento. Es cierto, esta rápida concesión al público no es beneficiosa, antes al contrario, veneno y sombra y adiós.

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La filosofía, a veces, usa las palabras más bellas sin decir ni llegar a la verdad.
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La poesía, a veces, ocupa la verdad y la dice sin utilizar las palabras más bellas.