jueves, 4 de febrero de 2010

8.30.a.m. Hoy, en la carretera, había un buitre postrado ante el cuerpo de un animal muerto. Por el tamaño del despojo, puedo decir que parecía un perro. Un perro cuya carne se confundía con el fango que el asfalto mostraba después del azote de la lluvia por la noche.
El buitre era de un tamaño considerable. Y no tomé conciencia de su envergadura hasta que no abrió sus enormes alas para quitarse de en medio.
Hubo un movimiento, en el vuelo del buitre, enigmático. Tanto, que desapareció del horizonte, sin más ni más, sin quedarse a la espera para volver sobre su carroña. Carne a la que veneraba con religiosa parsimonia. Parecía que el buitre llevaba bastante tiempo sin ejercitar con su pico sus instintos.
He interpretado este pasaje tempranero como un símbolo. He querido ver que esa es la dimensión del diario, de la escritura; y esa es la presencia del escritor en sus escritos. La vida maltrecha, la que fue, el despojo, es la carroña sobre la que volvemos para inventar su conciencia, sus recuerdos, las palabras que trenzaron su mundo. El presente estatuario ante el que nos postramos.
El escritor debe desaparecer, a pesar de su envergadura y de sus torpes alas, para postrarse en la espera, en la espera en la que surgen las palabras que nombran la realidad con más tino. A pesar de que en su boca, apretada por los dientes, aún tiemble la carne seca de las palabras vivas.


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8.50. a.m. Escribir muy temprano me lleva a una conclusión que se enuncia en una pregunta, ¿podré hacerlo más tarde o los límites del diario restringe su aparición a una sola jornada?
Después de escribir esto, caigo en la cuenta de que no sólo vivimos una vida a lo largo del día. Somos uno en lo diverso y eso conlleva que podamos escribir siempre por primera vez del mismo sujeto. En cualquier momento se produce una epifanía del individuo. Siempre. Somos otros. Y esa condición es la indispensable para pensar en el inicio de una narración. Así que, aunque esté escribiendo en un momento en que no suelo hacerlo, en un lugar en que pocas veces lo he hecho, nada me impedirá escribir de nuevo esta tarde. Cuando la metamorfosis se haya proclamado y mis manos sean de otros.

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18.24. p.m. Llega a la tarde del jueves cansado, aunque debería decir que el cansancio es un estado del alma. Imagina que pudo escribir esta mañana, bien temprano, en el trabajo, donde nunca pudo decir más allá de las comas. Incluso se ve leyendo y retocando un texto que es de otro, de ese otro que fue. Magnánimo silencio, ¿qué has proclamado en la ausencia que se produjo?
Tiene delante de sí unos libros de Thomas Bernhard que compró ayer. Otros de Flaubert, Perec, Casanova y T.S.Elliot. Por unos instantes, se queda observando, con minucia artimaña, los lomos de los libros, esa compresión de la literatura en la horizontalidad. Mundos diversos que terminan confluyendo en un mismo espacio: él mismo. El lector, lugar en que confluyen los mundos literarios, las vidas contrarias, las palabras que nacen de la ausencia.
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22.12. p.m. Las pruebas del libro te dejan nervioso. Has vuelto sobre ellas, con la punzada del trabajo incumplido, con la sensación de que se desmayaron todas las virtudes. Te vuelves, de vez en cuando, sobre los folios en los que dejaste escrito, hace meses, algunas notas, versos, sentencias... Y de nuevo lees las pruebas, las lees, de nuevo. Cada vez, con más detenimiento, como si sobre el discurso, comenzara a brotar una susurro lejano. Una voz, una advertencia, que te conduce a la ilusión. Quizás a la certeza de viviste durante un tiempo creyendo en la poesía. En esta misma sobre la que escribes.
Ya es de noche, aunque la noche no haya llegado. En los sueños, pronunciarás los versos como si, enfangados, estuvieran en un camino perdido y tú tuvieras la forma de un buitre, de un buitre postrado que se retira con un vuelo torpe, aunque con un pedazo de carne en la boca. La carne del que fuiste.