martes, 23 de febrero de 2010

Al preguntarle por Primo Levi, me sonrió, ah, sí, lo he leído, pero hace tanto…es normal que lo leas con fervor, tú que todavía eres joven, tú que estás descubriendo a los autores. Este tipo de respuestas me fastidian muchísimo. Parece que todo el mundo ha leído los libros más importantes. Que todos han leído a todos. Es una falacia, pura mentira. Más bien me parece que, como dice Bayard, hablan de los libros que no han leído. O, peor, que han leído con otras cualidades. Y a este respecto, quiero escribir lo siguiente: siempre he pensado que el número de obras que uno lee no es lo más determinante, sino que la virtud del lector consiste en leer, en cada ocasión, con más habilidad, más finura, más criterio. Por eso detesto a los que me dicen, sí, lo leí hace ya un montón de años, cuando tenía tu edad. Y claro, si hablamos de un escritor de medio pelo, es loable que nunca haya vuelto sobre sus páginas, pero cómo se puede ser profesor de literatura sin haber leído a Proust.
La experiencia del lector no es cuantitativa, es cualitativa. Por eso, cada vez leo menos y repaso más, ateindo a los antiguos y me separo de los modernos, porque siempre me veo como un lector sin cualidades, como un escritor que apenas balbucea las primeras vocales. Aunque en esto de la lectura hay una enfermedad, la bibliofilia, una acumulación que es el símbolo del entusiasmo por el objeto. Y eso sí es cuestión de cantidades y espacio.

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Unas veces prefiero participar del colectivo absurdo a pesar de la conciencia. Otras, retirarme en solitario y discurrir con la vida, a su ritmo y concierto. En otras desaparezco, incluso de mí mismo. Como ocurre en el poema de Cernuda, me convierto en una carta extraviada de su baraja. Así, en esa aritmética de la objetividad, contemplo el estado de la ficción.