domingo, 7 de febrero de 2010

Se hace necesaria la coexistencia en el límite, para la poesía, con la música, la luz y el silencio. Según George Steiner, en Lenguaje y silencio, estos tres son los límites con los que la poesía más se ha vinculado desde antiguo, desde que se otorgó a la palabra su carácter mágico, para desplegarse hasta los suyos propios. En donde termina su reino donde adquiere su mayor potencia.
Me quedo pensando sobre las inteligentes afirmaciones de Steiner y llego a la conclusión de que, en cualquier caso, lo que le sucede a la palabra es la disolución. Para ser más precisos, la palabra articulada se desarticula frente a la música, frente al silencio para diluirse en la luz: cegadora clarividencia inefable.
Con estas premisas, agarro los libros de san Juan, de fray Luis, de Novalis, de Rilke. Me detengo en los temas que todos ellos otorgan a la luz, el silencio y la música. Y hay una coincidencia universal que atraviesa todos los libros a pesar de sus estéticas y de la época en que fueron escritos.
Esa coicnidencia es lo más parecido al logos poético. Para mí lo guardo, como lector, como el fuego robado a los dioses.

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De la misma manera, me imagino a Bouvard y Pécuchet, obra que todavía no he comenzado a leer, investigando estos asuntos de la poesía. ¿A qué conclusión hubiera llegado Flaubert y qué hubiera escrito en su novela a través de estos dos personajes? ¿Qué anotación hubiera dejado en la segunda parte de la obra?

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En ocasiones no te sucede el cansancio de vivir, el mero cansancio físico que te somete machaconamente a unas actividades más o menos fructíferas, sino que, en ocasiones, repito, ocurre que aparece una profunda amargura, como una bilis negra, como un agriado recuerdo, como un latido podrido de otro hombre muerto, de otro ser inexistente, y es entonces, cuando sucede: ese latido, esa bilis, esa amargura te recorren y diluyen y dejan en claro que nada de lo que fuiste fue cierto, que nada de lo que quisieras haber sido sucedió más que en las pocas palabras que dejas escritas. Justo las palabras de otro hombre.
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Relee el Libro del desasosiego, de Pessoa. Es un libro de cabecera, que continuamente está anotando, subrayando y tomando como ejemplo. Esta tarde, después de la prosa acelerada y punzante de Bernhard, decide volver a Pessoa. Lo hace conmocionado por El Origen, el primer volumen de la autobiografía.
Abre el libro al azar y nada más comenzar a leer, se le curvan las cejas, dando a entender que acaba de extrañarse por un texto que no recordaba o que dio por inexistente. En ese texto, el doscientos, dice Pessoa (lo sé, le he visto el libro abierto y no he podido quedarme quieto. Me he levantado del asiento, he recorrido el vagón y así lo anoté) que de vez en cuando surge un cansancio de vivir que no ambiciona dejar de existir, ya que eso podría ser posible, sino que surge el deseo de siquiera haber existido, acontecimiento extraordinario que no tiene manera que no sea.
Ante estas palabras, se le ocurre, y así lo escribe en su diario, que hay, quizás otro acontecimiento más enigmático y conmovedor: leer lo que fuiste escrito por otro que pensaste ser.
Sin duda, la forma literaria que mejor admite este desequilibrio y que vincula la ficción y la realidad de manera más condensada es el diario, la autobiografía, la confesión o las memorias. Todos aquellos géneros que necesitan de un ejercicio supremo del pensamiento que no es otro que la objetivación del ser, de uno mismo. Cuando alguien es capaz de objetivar su propia vida, puede comenzar a escribir en un diario sobre ese mundo extrapolado. Y acontecer en otro mundo frente al silencio, la música y la luz.