viernes, 5 de febrero de 2010

De un texto en otro. Después de leer el artículo de Borges sobre Flaubert -texto que ensalza la maestría de Bouvard y Pécuchet- decide comenzar a leer algunas referencias filosóficas de la novela de marras ya que, en no pocos lugares, incluida la presentación de Jordi Llovet, comprueba que se hace referencia al gusto de Gustav por la novela filosófica del XVIII y por la obsesiva manía de documentarse para escribir sus ficciones (para este caso, hay testimonios de que Flaubert manejó alrededor de mil quinientas obras de referencia).
Lee páginas, artículos, referencias. Relee los elogios de Borges. Quiere convertirse, en poco tiempo, en un lector preparado para enfrentarse a la novela que ha decidido leer. Sin saber por qué, teme que la obra termine por aplicar sobre su entendimiento el efecto contrario: un mundo repelente, por incomprendido. Ante la temeridad de sus impulsos, arma de lecturas y sustentos los amarres con que va deleitarse.
¿Sería excepcional que comprendiera el libro de Flaubert?, se pregunta con el impulso de un nonato lector. Y añade, ¿sería excepcional llegar a comprender cualquier libro, en su totalidad, con la realidad objetiva que nombra y que conceptualiza, uno solo, en su totalidad?
Se pregunta, a todo esto, para qué necesita de esas referencias si la lectura es un acto libre. Y termina por darse cuenta de que todo acto de conocimiento necesita del adentramiento en unos conceptos, unos significantes que son únicos y propios, ajenos a la subjetividad más poderosa y más poderoso que cualquier subjetividad.

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Esta mañana. Esta mañana comencé a leer Origen. Una indicación, de Thomas Bernhrad. Lo hice mientras los alumnos respondían a las preguntas de un examen.
En cuanto avancé unos párrafos, sentí que estaba ante una de esas obras formidables, ante una de esas creaciones literarias que se presentan con las palabras más ajustadas, con la sintaxis más idónea para el pensamiento que la atraviesa. En cualquier caso, después de haber leído algunas obras de Bernhard, como Maestros antiguos, El malogrado, La calera o Trastorno, no me extraña que la sensación de maestría literaria que se aposenta en las obras de este autor apareciese por el primer tomo de su autobiografía.
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El suicidio. El suicidio. La ininterrumpida presencia del suicidio en el cuarto de los zapatos, en el cuarto de los zapatos en que ensayaba las lecciones de violín, mientras la ininterrumpida presencia, en ideas, en sueños, en amigos que se habían arrojado desde la colina, del suicidio aparecía detrás de cada acorde, en la colina, de los amigos. El suicidio.

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Gracias a Flaubert he descubierto las teorías de Popper sobre el conocimiento. Aún no he comenzado a leer las obras de Flaubert. Estoy leyendo a Popper, Conocimiento objetivo. Un enfoque evolucionista. Toda la tarde pintiparado por una frase de Popper: “La persona que lee un libro comprendiéndolo es una criatura excepcional”.