jueves, 11 de febrero de 2010

La música hueca.

Por la mañana, esta mañana, he sentido una náusea terrible, un atolondramiento que me ha dejado inservible y ágrafo. Una larva. Un vacío que nunca antes me ha había habitado, una vacuidad insostenible, que terminó por atravesarme como un látigo, que terminó por demediarme como una partícula invisible, que terminó por desangelar la luz de la mañana que, hasta entonces, brotaba serena y plácida.
Todo se vino a concentrar en un sótano dentro de mí, en un habitáculo que surgió de mí mismo, un espacio hasta ahora innombrado, que sigue innombrado. Un hastío quimérico. Quizás un síncope. Una muerte meditada y consciente.

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Por la tarde, esta tarde, ha vuelto a sucederme. El hastío. He considerado que, en realidad, es una tentativa fáustica ante tanto absurdo alrededor, ante tanta palabra sucedánea, huera, fugitiva.
He recordado algunos pasajes del Doktor Faustus, de Thomas Mann. En esa prodigiosa novela, Adrian Leverkühn asiste a una conferencia de Kretzschmar. En ella el especialista diserta sobre la música. Después de una larga argumentación, dice: “Quién sabe si el deseo profundo de la música es el de no ser oída, ni siquiera vista o tocada, sino percibida y contemplada, de ser ello posible, en un más allá de los sentidos y del alma misma”. Así me contemplé, en un más allá de los sentidos, como si la vida no quisiera que yo siguiera escuchándola, como si quisiera ser sólo contemplada, como de otro. Aacaso interpretada por otro.

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Por la noche, esta noche, las páginas iniciales de El sótano , de Thomas Bernhard,han conseguido explicármelo todo, con la claridad de Bernhard, con la recurrencia de Bernhard, con la irónica visión de Bernhard: “Tenía la sensación de haber escapado a uno de los amyores absurdos humanos, el instituto”. A todo esto suma el autor una reflexión sobre la utilidad del ser humano en la sociedad, la utilidad individual, quiero decir, la que justifica y argumenta los absurdos, como está claro. Así, después de todo este bucle melancólico, he decidido que debo ser útil, al menos por un tiempo, útil. Un tiempo. Al menos.
Por este motivo, mañana diré las palabras que todos desean escuchar, aquellas que no dicen nada porque nada esencian. Y me comportaré pensando en la utilidad, en esa conducta que desciende del más nefasto de los comportamiento. Sí, de la más soberbia de las mentiras e hipocresía.