lunes, 17 de mayo de 2010


Cuenta Ramón Gaya, en el primer volumen de sus Obras completas, cómo uno de los cuadros que como pintor más lo embelesó y acercó al arte de la pintura, fue Las Cortesanas, de Carpaccio. Uno jamás hubiera tomado esa obra como indicativo de nada, ni siquiera por la singularidad de los rostros o las formas desnaturalizadas de los animales. He ahí la sugerencia del pintor, del escritor Gaya, para que uno vuelva a percibir, a recrear la vista en tal o cual objeto, para que uno disgregue su percepción como una sierpe torpe y montuna que acaba de dar en una cueva luminosa.
No destaca sus cualidades técnicas, ni la capacidad del pintor por realizar la obra. Ni menciona el color, la línea, el trazo o la perspectiva. Se limita, razón sin límite, a la esencia. Gaya ve algo en esa pintura, una presencia sucedánea, pero que le es familiar Una pasión contenida que no resta naturalidad al cuadro, que se encuentra en el resto de las artes y que debe estar presenciando, continuamente, toda creación, lo que él denomina un saber sin ciencia.

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Me he llevado varios días pensando en esas palabras de Ramón Gaya en torno a la presencia del arte como un saber sin ciencia, porque, sin duda, son muchos los cauces por los que podríamos hacer discurrir con estas notas sueltas. Sólo me quedo con su observación, con el aprendizaje mayor de sus palabras.
He querido salir a dar un paseo para intentar extraer de alguna estampa cotidiana esa presencia real en la vida, esa pandémica existencia que hace que todo brote limpio y transparente incluso para el artista; que todo se muestre sin ambages tan sólo manteniendo la armonía de sus partes, como un tratado escrito sin causa, pero que encaja en la medida exacta.
Es singular esta postura de Gaya, pero es una lección de maestro antiguo. Una lección de la contemplación sobre la vida y los días del hombre que cree estar tiranizado por el arte. Más bien, esa tiranía, como dice Gaya, no es más que un medio que nos somete, pero que no es fin en sí mismo. Y en esa disputa del entendimiento, se sitúa el creador que, en ocasiones, intuye que el orden no le pertenece y se le escapa de las manos. Sobre todo, cuando en obras como las de Carpaccio, descubre, de pronto, lleno de emoción, que arte es vida y que vida es arte. En esos momentos en que alguien consigue serla, ser la realidad misma, es cuando comprende la anchurosa costura del silencio.