jueves, 6 de mayo de 2010

Con Thomas.

La poesía incapacita para otras escrituras. Se produce un colapso y todo trabajo siempre es insuficiente. En su proceso, el mundo se achica y restringe hasta el infinito. Y en esa situación sólo cabe callar o destriparse.

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Ayer por la tarde compré los Cuentos completos (Edhasa, 2010) de Thomas Mann. La traducción de María Siguán es excelente. Comencé la lectura por un cuento titulado “Hora difícil”. El cuento es una recreación, mediante un soliloquio, del momento de la creación en la vida de Schiller. Mann narra con un estilo brillante cómo el eterno resfriado que compungía a Schiller le hacía respirar siempre con la boca abierta. Esa imagen la aprovecha para mostrarnos la ansiedad del poeta ante la página en blanco, como si estuviera recitando en silencio, murmurando eternamente unos versos escondidos que no surgían con la claridad deseada. El poeta ante el folio en blanco: Los temas sucediéndose sin espera. Y su pluma incapaz, su pensamiento endeble…
Por otro lado, leo "Tonio Kröger". Tonio Kröger sufre las mofas de los compañeros y maestros en la escuela porque lleva un cuaderno de poesía. En una ocasión, un alumno ve cómo comienza a escribir en un cuaderno unos versos. A partir de ese momento, el personaje comienza sus reflexiones acerca de la individualidad y la sociedad, el ambiente culto frente a la vulgaridad.

He leído esos dos relatos de Mann perplejo. Porque he entendido que Mann, a pesar de las reminiscencias decimonónicas, siempre optó por escribir sobre temas que nunca han tenido una respuesta clara en la literatura, temas sobre los que siempre seguirán escribiendo los hombres, que se mantienen inexpugnables a la razón. Ahí está su grandeza, en la palabra edificante.

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Después de leer los relatos y de tomar un zumo de frutas, he sido Schiller y Tonio, porque lo que fue un hombre lo han sido todos. Se me ocurre que, ante el folio en blanco, mallarmé nos legó la enseñanza más completa: el coup de dés.
El blanco inerte y apasionado, de forma pura y trascendental, mantiene al hombre alejado de la cotidiana manera de la vida. Cuando eso sucede, se abandona la palabra y se procura aspirar al silencio. Se traspasa, de esta manera, el dualismo de la forma y la idea, la oscuridad y la razón y se alcanza, por tanto, el reino del silencio.