martes, 18 de mayo de 2010

Hay tramos en la vida en los que nada encuentra su asidero. Paisajes escondidos del alma que, por oscuros y tremendos, solo revocan en un vacío. No queda anada y todo importa. Días emboscados en la destrucción del ser. Los días, con sus pieles de levante, con sus lenguas aritméticas de sol y luna en los que la palabra sólo es un ungüento lábil,
En que el amor es el único auspicio posible. Porque el amor es destrucción del ser y plenitud al unísono, curva en la línea, reflejo de la piedra.
Son días que duermen como un fruto incierto, que aguardan la llegada de la luz y el agua y los minerales de la tierra que lo nutra y lo haga vivo.

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Detrás de mí, un paisaje. Unas tierras cargadas de viñedos y albarizas que resuenan al entrar del sol en la mañana. La cruz cruje en el terruño, cuando penetra las fisuras de la tierra. Los pájaros cruzan ese obsequio a los ojos que, despistados en las lomas medianeras, persiguen la aurora moribunda. Dentro de poco, los girasoles lo inundarán todo, con sus erectas varas verdes sosteniendo un corifeo de pipas. Y marchitarán, y se harán decrépitas y antiguas y volverán a la tierra desasidas de todo. Al fondo, a lo lejos, casi en el envés del horizonte, se intuye un casa. Se hace invisible debido a la fina niebla que abraza el día. Es la casa de la presencia. En ellas están todos las palabras recogidas.