sábado, 15 de mayo de 2010

Toda la tarde en Cádiz. Esta ciudad es la única que no es ciudad, es prolongación de la luz y de la claridad del mar en tierra. He recorrido junto a M.C. las mismas plazas y calles por las que solemos deambular cada vez que estamos allí. Es un rito y una plegaria a que la gratitud de la claridad se nos ofrezca como del viento.
Casa carcomidas por la humedad, el mar enrabietado, un viento de leve respuesta. Y libros en el Baluarte.
Una vez entrada la tarde, fui a saludar a J.M. Benítez Ariza para que me dedicase su libro de poemas último, Diario de Benaocaz (Pre-textos, 2010). Después de unas gratas palabras y de que estampase en el nuevo volumen otras de afecto, compré las narraciones breves de Delibes (Menoscuarto) y una pequeña obra de Dickens titulada El viajero sin propósito, (Gadir).
El título de la obra de Dickens se pliega a la perfección a los últimos días de esta semana. Me encuentro cercano al territorio de lo ágrafo y lo poco que leo y escribo es poesía. Más bien leo, porque escribir, en estas circunstancias, se vuelve un ejercicio rancio y un sinsentido. Después de todo, el alcance personal de unas líneas no es más que eso, viaje sin propósito, viaje sin fin, fuga sin motivo que se reconcentra cada ciertos pasos.

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Todavía hay quien opina con absoluta complacencia y con la certeza plena sobre qué es la literatura. Yo me conformo con no renegar de ninguna de las escrituras en las que no encuentro literatura, porque eso sería aceptar que conozco cuáles son las hechuras de lo literario. Es decir, reconozco mi incapacidad para identificar lo literario, no que ello no exista en sí, más allá de mí. En todo caso, renegaría de mí antes de nada.