domingo, 9 de mayo de 2010

No suelo mirar la última fecha en la que escribí en este diario. No lo suelo revisar porque esa fecha no indica nada, ya que el ritmo interno de la prosa que se despliega en un diario está alejado del calendario. A pesar de que se sustancie de él, no le pertenecen las coartadas del minutero. En un diario, un año, pongo por caso, puede ser síntoma de alivio vital, porque siempre se vuelve sobre el lugar de la sangre.

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Con Thomas Mann me sucede lo mismo que con Beethoven, cada vez lo voy haciendo más grande.


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"Quién pudiera dibujar un árbol sin convertirse en árbol", dice Nietzsche en uno de sus aforismos. Quién pudiera escribir un diario sin ser el diario.