miércoles, 26 de mayo de 2010


Parece que la vida lo va conformando a uno como un lobo estepario. El hombre de este tiempo es un mezquino reflejo del mundo en que vivimos, un mundo apartado de la esencia y de la profundidad del individuo. No son estas palabras quejas ni reclamos, mas no puedo dejar de anotar en este cuaderno, cómo lo mediocre lo inunda todo, poco a poco, y cómo, la literatura, el amor y la música, lo van soliviantando todo y siempre.
Estos temas se han ido convirtiendo en territorios vitales, en los que me renuevo y recupero. Porque si esta soporífera comedia humana fuera la constante de la que me nutriese, estaría arrumbado en el vacuo sonido de la intrascendencia.

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X. me dice que escribo, en muchas ocasiones, como si fuera un posromántico y que utilizo palabras que están alejadas de los usos modernos, palabras como trascendencia, eterno, olvido o Corelli. Ante eso, me quedo un rato observando la pintura de Hans Leu (1490-1531) titulada “Orfeo tocando la lira entre los animales” y sonrío abiertamente a pesar del rostro del dios tocando en medio del bosque.
En estos días, en que releo a Rilke, pienso de nuevo en eso que X me había recriminado y llego a la conclusión de que Rilke los mismos lectores que tuvo en su tiempo y ahora serán los del futuro, porque la materia del espíritu, la mención poética en su plenitud, es un ejercicio del intelecto. Un ejercicio parecido a ese órfico ejercicio en medio de la oscuridad del bosque que nunca tuvo otra utilidad que la de trascender en la permanencia.

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Todo lo que importa está en calma, crece en el equilibrio y se alimenta del silencio. Un árbol, el deseo, un libro, las sombras. Lo apremiante es una estación pasajera. Siempre hay que estár más allá, lindando en el límite de la cosa en sí. En esa lugar en que uno se deshace de sí mismo es donde comienza la plenitud.