sábado, 29 de mayo de 2010

En resumen, todo resulta siempre una aspiración, un fragmento, un retal, una esquiva circunferencia que se incluye en otra y en otra. Una nota sin pentagrama.
Sucede que si uno cae en la cuenta de que su círculo no es más que el vientre de otra figura, ahí comienza la tragedia y sus efectos. Caeremos en la conciencia de nuestro ser, de nuestra pasaje y seremos entonces culminación de nuestra ígnea, pero frágil inteligencia. Y pediremos nombres, pero sólo tendremos balbuceos. Y ansiaremos verdades, pero obtendremos confusas hipótesis que jamás serán resueltas.
Sólo el poeta conquistará esa tierra deseada en la que pocos penetran con certezas. Sólo el poeta encuentra la antorcha, el verbo, adecuado para vislumbrar entre la poliédrica realidad a la que se enfrenta. Aun así, todo es sueño y melodía.

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El proceso es anterior a esa incursión con la llama de la palabra, la llama doble. Hay un ejercicio fundamental que lo antecede todo y todo él se nutre de las lecturas y de la inteligencia. El pensamiento filosófico es un sucedáneo de la materia poética; comparte con ella algunas sustancias, pero siempre negará a la palabra como el conducto fiable y preciso por el que se accede a la verdad.
Sin embargo, el poeta no sólo cree que la palabra es el conducto fiable y necesario, sino que lo emparenta con la música, a través del ritmo. Y la música sí es conocimiento en sí, expresión máxima de la inteligencia del hombre.

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Por ese motivo, un poema debe contener elementos del pensamiento pasados por el cedazo de la música poética. Pero no una música desgajada de su concepto, antes al contrario, una música que toda ella recoja y sea parte del concepto. Cuando eso se consigue, cuando el ritmo es inherente a la sustancia que recorre un puñado de versos, se produce el prodigio de estar leyendo un poema puro. Sea cual sea su temática, su incvlinación, su estética. Y de saber que existen poetas en el mundo.