jueves, 13 de mayo de 2010

En la creación poética la palabra vuelve a su estado inicial: es desasida de su ser y se envuelve en otro. Poesía es ritmo creador, lugar de encuentros, anulación de la vida y procreadora de purezas. En ella participan el poeta y el lector engarzados por la metamorfosis de la lectura.
Coincide con la filosofía en sus comienzos, ya que toda poesía es una crítica a las palabras. El poeta se encuentra con que debe establecer qué hay en la palabra virtud, en la palabra belleza, en la palabra tiempo para establecer, de nuevo, en limpio, qué es la virtud, qué es la belleza y qué el tiempo. En ese ejercicio de inconsciencia, de indagación, de usura, el poeta sólo puede acceder a la esencia a través del lenguaje. En el lenguaje empieza y acaba la poesía, en el lenguaje transgredido y saqueado.
Esa es la primera estación del poeta, la palabra. De ella surgen las direcciones de la creación. Por un lado, el vínculo entre el nombre y la cosa en sí. Por otro, la indagación del ser. El poeta llega a sí mismo a través de la palabra, pero no sólo se alcanza sino que se traspasa y completa hasta ofrecer la imagen de todos los hombres. En un poema están todos los poemas. En un poema, todo lo que puede ofrecer un poema, está en él. La poesía es una fragmentaria asimilación de la realidad, porque se hace de creaciones independientes, pero siempre motivada hacia la misma fuerza unívoca.
Arrancadas de sus hábitos cotidianos, las palabras retoman su estado prenatal. Y ellas pueden nombrarlo todo y todo en ellas cabe de nuevo. Es el poeta Prometeo con un fuego robado para entregarlo a la belleza y a la verdad del arte.


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A pesar de su insuficiencia, no hay otra forma de explicación que las palabras sucesivas.

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El poema es la revelación de lo que somos.